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20 CIGARRILLOS

Crónica en primera persona de la película de James Benning "Twenty Cigarettes". Entorno esnobista y experimento sobre el frágil sistema de realidad de los asistentes al Bifici. Aguadébil porteña. 

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Es Buenos Aires, en la época donde los localismos dejaron de armar comunidad, se redujeron al individuo solo y se elevaron a dogma. Cuando el respeto a la diferencia se aceleró, echó a andar y se volvió el final de las inclinaciones por el otro. Más indolente todavía: el final del amor al otro fue, también, la clausura del rechazo al otro. No más afecto. Se lo puso a dormir, se lo volvió un anémico. Un Ni. Che m´importa del mondo. Es esa época en Buenos Aires. Decido que el desamor al prójimo puede ser un imperio honesto: nada para el otro, nada del otro para mí.

 

Voy al Bafici entonces, el festival de cine independiente, sin saber qué ver. Me fijo en la grilla, no conozco a nadie. Haber visto Casablanca no me vuelve un cinéfilo. Hago una fila llena de familias con niños. Los niños todavía guardan intriga por los demás, viven en Buenos Aires pero no viven en Buenos Aires: miran con intención, hacen preguntas, se miden. Un nene le pega piñas de Playstation al padre. Estoy un buen tiempo esperando hasta que me toca comprar la entrada pero no, no es esa la fila, casi como una premonición. El chico del mostrador me dice que las entradas se compran por allá. Allá es otra fila. Allá no hay familias, hay gente del cine, un amigo corregiría boludos del cine. Me pongo en la otra fila: soy un boludo del cine. Cuando me preguntan le digo “una para 20 cigarrillos”.

 

Voy a contar la película, perdón: son veinte personas, cada una fuma uno de veinte cigarrillos. Cada toma dura lo que tarda cada persona en fumar un cigarrillo entero. Cambia la ciudad donde se fuma. El plano es fijo, sobre la cara y el torso, nadie habla. 100 minutos de esto. Fin.

 

No sé si es la película más extraña que vi. En el fondo ahí no había nada de extraño: gente fumando, qué novedad. No era nada de lo que ahí se esperaba, los boludos del cine habíamos leído la reseña, habíamos confiado en la autoridad del festival, el título era atractivo. Yo imaginaba una colección de historias costumbristas con grandes detalles ilustrando pequeñas ideas, un remake de Humos del Vecino. Pero no, ahí apareció un chino de camperita, encendedor en mano, pic, cigarrillo, a fumar. Ya va a empezar, ya había empezado, ya había terminado. Fueron 20 personas, en silencio, fumando.

 

Al tercer fumador era claro que ahí no estaba viendo una película, la película lo estaba viendo a uno.

 

Sentirse insultado, porqué no. Mucha gente se levanto y se fue. La mitad de la gente lo hizo. Era todo un catálogo cada despegue del asiento: ¿Qué hace que una persona se vaya en el fumador 5, y otra en el 9? Estaban los que entendieron el insulto en el 17 o 18, todos eyaculadores precoces, puede ser.

 

Cualquier trama implica velocidad, se mueve en el tiempo, de A a B, va para algún lado, hasta la película más lenta tiene una intención en el reloj. Acá no. La sensación era que no había para dónde moverse, ni siquiera del asiento. Cada persona, un cigarrillo. Ninguna persona dura más que un cigarrillo.

 

Se podían escuchar cómo se caían las estanterías de los que estábamos ahí. El sentido en derrumbe. Principalmente volaba esa vajilla monstruosa que se sienta a ver algo para saber si es bueno o malo.

 

La sala empezó a vaciarse. Al final de la película quedábamos diez sobrevivientes. Boludos del after. Los créditos se cerraron sin aplausos. Salí caminando solo, invadido, en la ciudad autista vi como 20 tipos fumaban 20 cigarrillos, ellos solos, en una pantalla. En la calle hay un auto con un cartel rojo que dice infractor en Arial rojo y blanco. Existe una tipografía que culpa y grita. No sé si a alguien le llega la condena porque dudo que haya alguien interesado en leer la acusación. Ante todo esto, pienso: tendría que conseguirme una novia. Me corrijo y compro un alfajor. Mini torta. 

© 2020. Diego Vilariño. Todos los derechos reservados.
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