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AMAR A DONNA

Necrológica en caliente sobre la desaparición de la provincia de La Pampa del mapa Argentino. Amor a no sé qué pieza de la pastafrola de la identidad nacional. Forma bizarra de llanto contenido.

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No creo que fuera popular. Popular es bajarle el precio. Y bajarle el costo. El hisopo cala más hondo. Popular es el pop: una repetición de laboratorio que no ofende a nadie. De gusto popular, afín al oído de todos, soporífero. El fútbol como máquina es popular: nada más inocuo que un viejo de cualquier edad escabechado mientras mira el partido del domingo. En ese páramo de lo esperable es que alguien raja la tela y se vuelve innegable. Maradona fue innegable. Lo es. Todos tenemos que pasar por Maradona. No se puede anular, es palmario. Todos tenemos que guardar una relación con Maradona porque está en el centro de ese pozo que llamamos identidad. En su acronimia con Argentina: la argentinidad. Ahí donde la identidad es una pampa sin postas, aparecen dos o tres insignias que balizan. Pasa con Perón. Con el mar y la montaña. 

Hace años que escucharlo era para mí una lesión, como un corte de papel. Pero en los ojos. Su heliocentrismo, la fanfarronería. Era el dolor de un amor profundo que había chocado. Hasta la épica de salir del barro y conquistar al mundo me pareció un somnífero de peli yanqui. Dudo si un héroe inspira o inhibe profundamente. Si el infierno no propone un héroe cada tanto para dormir cualquier trabajo colectivo. Porque las condiciones del acto empiezan a ser las del héroe: la épica de uno solo que las hace todas, se las sabe todas. Como Rambo. Y entonces si no hay eso no hay acto, a mimir, no hacemos nada. El móvil es el Uno: si se pierde, matan o gana uno, todos nos movemos. Si entre todos volvemos a Boedo o mueren mil en Siria, swipe. Es el trabajo de la insignia que escurre cualquier emoción productiva. Digo, el mundial también lo ganó Burruchaga y etcétera. Pero a la vez ¿no es todo amor, amor a alguien, a tal o cual que se nos vuelve innegable? Amar a un monumento, a un ideal, es una tarea asexuada. Es un problema que la condición del amor sea su limpieza. Para amar, la pelota tiene que mancharse y la mancha la hace alguien, uno, ese. 

Veía por la tele a la gente pasando en fila por el cajón cerrado, tocándose el cuerpo, gritando alguna frase apurada, corta. Un seguridad que respiró todo el coronavirus del país los apuraba como una madre apura al hijo que vio un rifle de aire comprimido en la vidriera. Uno dice “pasión” y la pifia. Detrás de la valla Maradona muerto vuelto definitivamente soporte de esa marea. Un Kaláshnikov dormido. No era sentir popular: era íntimo, hondo, de cada uno de los que pasaba. Todos vagos, la mayoría. Todos pasamos por Maradona. No sabría cómo pero Maradona toca no sé qué homoerostimo, como una solución al amor masculino inconfesable, alexitímico. Fue el novio por el que perdieron la cabeza todos los argentinos. O fue la madre, o novio y madre son vecinos univitelinos. Por ahí. Me pregunto si Maradona podría enamorar a mujer alguna, aún más dificil amar a una, amar a donna, está ahí reverberando en el apellido. 

Ahora hay que pasar por Maradona, como por el cajón. Como el calendario de vacunas. Porque es una sinécdoque de ser argentino: “¿Argentina? Maradona”. Más que ninguna otra. Es el obelisco, el coso de la pizza. Adoro que sea así, que esté en el centro molestando.

Ayer no paré de leer necrológicas. Terminé el día angustiado, siento como si se hubiera borrado una provincia del mapa. Al final del día, en ese método ludovico que es recorrer las redes, me emocioné con ese pibe increíble haciendo payanitas. Yo de chico tenía una habilidad inexplicable para las payanitas, también era zurdo, lo sigo siendo, me sigo llamando Diego y claro, siempre jugué de 10. Por metonimia. Me emocionó la luz del palco iluminando sola la cancha, como un faro: la luz y la mirada. Y el gol a los ingleses, esa fue la jabalina que terminó de liquidarme. Los dos goles que son el mismo gol; el anverso de la excepción, el contrabando y el reverso del firulete, la gimnasta con una cinta. Es precioso, es el sentido último del arte: hacer pasar por un registro lo que si pasa por otro nos fundimos. Como la corriente eléctrica. No es la humillación, no es el desparrame del enemigo. No es cogerse ingleses o cagar ingleses: es la sublimación. A la literalidad de la guerra, la respuesta de lo mejor que tuvimos: un pigmeo saltando por encima de su propio enanismo, metiendo una mano para reparar con un símbolo, la herida más real. Cómo no extrañar eso. Cómo no hacer de eso, futuro.
 

© 2020. Diego Vilariño. Todos los derechos reservados.
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