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APOLOGÍA DE LA HISTERIA

Artículo que intenta rastrear la verdad destilada por los mitos sobre la histeria. Desde Platón a Freud. Planteo sobre cómo la histeria puede ser un "no" en cruz al orden fálico, ahí donde éste intente reducir  la mujer a un comodity.

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Un mito es un invento de saber ahí donde no lo hay. Un mito, pecando de snob pero con ánimo de precisión, es un stepping stone, es una piedra que permite pisar para cruzar un charco y seguir camino. Los mitos son una ficción, pero una especial, una que revela alguna verdad, al menos si uno toma las ficciones como artilugios que denuncian verdades. Lacan no es peronista, ni aristotélico, para quienes la única verdad es la realidad. También en este punto, el kirchnerismo no es peronismo y se acerca a Lacan. Más bien, para Lacan, la verdad tiene estructura de ficción. Y verdad y realidad existen separadas. Hoy se habla de relato. Un mito es un relato.

Un mito aparece en cualquier bache de sentido, es un cuento donde no hay cuento. Y no hay lugar donde falle más el cuento que en su principio. Por eso origen y mito son casi un pleonasmo. Agregaría a esta serie la etiología, y entonces mitología y etiología son justamente eso: una redundancia.

La etiología de la histeria es el útero. Histeria se remonta al griego “histerion”, que significa útero. Así, para pensar la histeria hay que pensar el  cuerpo de una mujer. Platón suponía que la histeria era consecuencia de un útero que se salía de función y navegaba el cuerpo de la mujer causando toda clase de trastornos. Inventaron un tratamiento, el primero, último y más efectivo para acomodar este útero errante. Ubicaban toda clase de olores pestilentes en la parte superior del cuerpo de la paciente y aromas agradables en la parte inferior. Suponían que el útero entraría en razón olfativa y volvería a su lugar. En este mito hay algunas cuestiones de verdad a retener sobre la histeria: es algo que pasa con el cuerpo de la mujer, es algo que la ciencia, que hace serie con el orden macho, va a insistir en ordenar, porque en sí eso que pasa en el cuerpo de la mujer a un hombre lo incomoda.

Hay otro mito del origen: el del psicoanálisis. Se puede ser categórico y decir que el psicoanálisis es inaugurado por la histeria. El psicoanálisis es el método que viene a escuchar cuál es la verdad que las histéricas rechazadas por el discurso médico tenían/tienen para decir. Para decir con el cuerpo. Un médico es alguien que cree que la histeria y sus síntomas son mentira. Un psicoanalista es alguien que cree que esto mismo es verdad. La histeria divide aguas e inventa al psicoanalista que no es otra cosa que un creyente. Freud es quien apuesta a que hay verdad en eso que para un médico es un cuerpo que no sigue la lógica de sus inervaciones reales. Y agregaríamos a la serie de Perón y Aristóteles, a los médicos: si no es real no es verdad.

Si tuviera que decir una verdad de la histeria y sus síntomas diría lo siguiente: la histeria denuncia que ser mujer como identificación de la época, esto es hoy, como una “x” que hace gozar a un hombre, eso, la histeria denuncia que es una boludez. Esa es la verdad de su denuncia. La histeria dice, en diferentes dialectos, que rechaza ser aquello con lo que un hombre goza, y en eso quizás también se le va la vida. Que ser mujer así, como propone el orden macho, es algo de lo que va a retirarse. Pero como Orfeo no puede dejar de mirar atrás. 

Una puta, como posición ética, es quien niega el goce enigmático pero propio de una mujer (¿verdadera?) y se dedica a hacer gozar a un hombre. Creo que es lo que muchas veces está por detrás de lo qué se le propone hoy como identificación a una mujer para ser mujer. El cénit de esta propuesta es el blend de ese capitalismo “emocional” que reduce todo sujeto a su propio branding, y en especial a una mujer, a ser un objeto brillante. Una mujer, empujada a ser una commodity. Ser mujer así, y es una paradoja, implica renunciar a gozar más allá de un hombre. Una mujer-commodity es una muñeca vestida en el fetiche de un hombre. Nada del goce del cuerpo de una mujer debe quedar por fuera de ese orden. Lean Cosmolitan en cualquier edición y página, esa es la propuesta enloquecedora para una mujer hoy. Ejemplo de la última edición “El sexo que los vuelve locos a los 30:  conocé qué quieren ellos cuando llegan a la tercera década”.

 

Creo entonces que la histeria, al menos como síntoma, dice que “no”. La histeria es un “no” a que ser mujer sea eso. Quizás su drama es que, más que asumir lo que denuncia, vive suponiendo que la mujer que hace gozar a un hombre, la otra, sí goza. Y en parte lo hace, claro, la otra goza de aquello de lo que la histeria se priva. Ese es el saber que la histeria le supone a la otra: la que sabe cómo hacer gozar a un hombre. Creo que la  histeria es una denunciante arrepentida. Quizás habría que desanudar este arrepentimiento y ver de qué manera no se le va la vida en denuncias.  Y en el fondo, ver cómo se las puede arreglar la histeria para hacer alguna otra cosa con ese cuerpo que no sea denunciar lo que Freud ya escuchó. No vendría mal escuchar lo que el psicoanálisis dice por obra de ella. 

© 2020. Diego Vilariño. Todos los derechos reservados.
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