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BEATLES FOR SALE

Artículo parte de "Un Hilo Rojo" en su primer número. Intento de asir una resbaladiza definición de amor y pensar su embajada en el consumo. Con letra y música de Los Beatles.

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“Lo que llamas amor fue inventado por tipos como yo para vender medias”

 Don Draper en Mad Men

 

 
All you need is love?

Me gustan los Beatles. Sé detalles inútiles, de papelera de reciclaje, años y lugares donde tocaron, frasecitas ñoñas pronunciadas por cada uno. A veces es un saber del que me jacto y entonces me vuelvo un nerd algo decadente. Voy a traer un dato que me persigue, o por el que me hago perseguir desde chico. En 1963 hacen una versión del tema de Barret Strong Money (That´s what I want) [Dinero, eso es lo que quiero]. Un año más tarde, McCartney compone (Money) Can´t Buy me Love [el Dinero no puede comprarme amor]. Entonces, el dinero es todo lo que quiero pero el dinero no puede comprarme amor ¿El Dinero hasta que llega el Amor?

Esa palabra

Virgilio dice “el amor conquista todas las cosas; démosle paso al amor”. Francis Bacon establece que “la naturaleza del amor implica ser un rehén del destino” donde si el amor aparece no habría mucho más que hacer. Gary Chapman, el gurú mediático en temas de “amor y matrimonio” (sic) no concuerda y le imprime al amor voluntad: “El amor es una decisión”. Y lo dice en internet, sede de match.com, el sitio de citas, donde 40 de los 45 millones de solteros buscan pareja diariamente. El amor en internet, el amor sin mucha contingencia, el de los perfiles donde alcoyana-alcoyana es un negocio de medio billón de dólares anuales.

Si bien para Octavio Paz “el amor es intensidad y por esto es una distensión del tiempo: estira los minutos y los alarga como siglos”, para Neruda “es tan corto el amor y tan largo el olvido”. Borges resuelve con una paradoja el intríngulis entre amor el tiempo: “el amor es eterno mientras dura”. El amor también fue un verano: el verano del amor de 1967.

José Ortega y Gasset, en una precuela del amor libre y el verano del 67 escribe: "hay quien ha venido al mundo para amar a una sola mujer y, consecuentemente, no es probable que tropiece con ella". Oscar Wilde, carente de polimorfismo, explica en El Retrato de Dorian Grey,  "el verdadero hombre es aquel que solo tiene amor y fidelidad para una sola mujer" y continúa "el hombre de muchas mujeres es hombre y dueño de muchas cobardías". Entonces, ¿un@ o vari@s?

Dolina, en Crónicas del Ángel Gris comenta que para Mandeb “el amor era una flor exótica cuyo hallazgo ocurría muy pocas veces”. El escritor francés Stendhal ve también en el amor una flor indicando dónde encontrarla "el amor es una maravillosa flor, pero es necesario tener el valor de ir a buscarla al borde de un horrible precipicio”. Para lo cual no habría mucho problema porque el amor “mueve montañas”, o más vernáculamente, “el amor es más fuerte”. A toda está exhibición de vigor se le opone el más modesto “cierre con amor” de los taxis, que es paradójicamente despacio.

Albert Camus dice "no ser amados es una simple desventura; la verdadera desgracia es no amar”, ahora bien, es justamente Sartre, amigo-enemigo en el existencialismo quien dice: "trata de amar al prójimo. Ya me dirás el resultado" o más lapidariamente, su clásico “el infierno son los otros”.

Si bien el amor entra por los ojos, y solo hay ojos para quien se ama, para Bono “love is blindness” [el amor es ceguera]. Si el amor pudiera ver, vería a Thelma Biral en “El amor tiene cara de mujer”, aunque según Platón el más perfecto amor, es aquel entre hombres. Es él quien también dice “el cielo se mueve por amor”. Trent Reznor, el cantante de Nine Inch Nails limita este cataclismo celeste cuando canta “el amor no es suficiente”. Existe “la prueba de amor” que es el sexo que se pide a las muchachas, aunque, muchas veces, sexo y amor parecieran caminos que se repelen. “No se puede vivir del amor”, pero “todo lo que necesitas es amor”. Amor, salud y pesetas.

Hay una necesidad de decir, una compulsión a hablar del amor. Cortázar escribe en Rayuela: “Pero el amor, esa palabra” quizás dando al amor la sustancia de una palabra. Lacan propone en Aún que “lo único que hacemos en el discurso analítico es hablar del amor” de hecho, él mismo explica que desde los 20 años no hace otra cosa que explorar a los filósofos según el tema del amor.

A cada dicho se podría encontrar un contradicho, hablar de amor es quizás entrar en contradicción. Es un tema que no pareciera ser propiedad de algún absoluto. No habría un dicho universal del amor. Hablar de amor captura una fuga de sentido intensa. El amor parece hecho de palabras que no alcanzan. Esto es lo que quizás vuelve tan atractiva la promesa católica del amor universal, pero a su vez tan decepcionante.

No es amor

Quien ha estado en el amor, quien ha caído en el amor, en inglés se lee mejor “to fall in love” y lo ha transitado, puede referir una sensación de engaño. Si el amor fuera un remedio la decepción sería su efecto adverso. Quien cree, el incauto, no puede sino sentir que algo de lo prometido, de la promesa del amor, cual fuere, ha sido decepcionada. Pero entonces, ¿qué promete un amor así?

Creo que Freud tiene una teoría contundente sobre el amor: todo amor es, finalmente, amor a sí mismo. Se puede leer Introducción al Narcisismo con la siguiente clave: el amor es una reconquista. Ahí cuando se ama, cuando se sale de la autocomplacencia idílica, cuando la pulsión o la realidad exigen renuncia al amor propio, la búsqueda, la intención de ese amor al otro es restitución. Amor al otro como plazo fijo: depósito y vuelta con intereses.

El amor de objeto es una transferencia narcisista. En palabras de Freud:

“Es fácil observar que la investidura libidinal de los objetos no eleva el sentimiento de sí. La dependencia respecto del objeto amado tiene el efecto de rebajarlo; el que está enamorado está humillado. El que ama ha sacrificado, por así decir, un fragmento de su narcisismo y sólo puede restituírselo a trueque de ser-amado”.

Resuena el refrán oblativo: “amor con amor se paga”, la intención de reciprocidad funcionaría como motor e ilusión del amor. Lacan resume que amar es, esencialmente, ser amado. Así, la promesa de tal amor es la restitución. Todos los mitos sobre el amor tienen esa marca: se parte de una falta que el otro, en el encuentro, saturaría. El mito del andrógino, las dos mitades separadas por Zeus que se buscan. El mito del Hilo Rojo donde un largo hilo arterial e invisible tironea a los enamorados. La media naranja. El mito de Tinder. En todos, la restitución no solo se promete completa sino que además hay un plus, el porcentaje de interés del plazo fijo, un interés resarcitorio. Un amor en este registro, sin pérdida y con plus despierta la sospecha: ¿y no será mucho?

Trueque, transferencia: el amor imaginario es un negocio narcisista. Y evidentemente un riesgo. El riesgo es el otro. El amor, en algún sentido, se enfrentaría a la alteridad y de allí proviene su pathos, su padecer. Levinas define a Eros, al amor, “como una relación con la alteridad, con el misterio, es decir, con el futuro […] consiste en la insuperable dualidad de los seres”. Estar “en el amor” [to be in love], va a significar entrar en una relación a la incertidumbre, lo imprevisible, lo errático del otro. Quizás en este sentido, el amor siempre es un hecho precario, una empresa de lo frágil. El amor es precariedad y un esfuerzo por negar la misma. En palabras de Zygmunt Bauman:

“Todo amor lucha por sepultar las fuentes de su precariedad e incertidumbre, pero si lo consigue, pronto empieza a marchitarse, y desaparece”.

Uno podría suponer que en el negocio del amor el riesgo es algo mezquino: voy al otro a recobrar lo mío. Se abre la pregunta de si existiría un amor sin interés, sin vuelta posible, un amor “sin negocio” en el horizonte ahora que la dimensión del otro, su alteridad, pone límite a la promesa de los amantes.  

Existe, para los noventeros, una epopeya en un capítulo de la serie Friends. El personaje de Phoebe quiere probarse a sí misma que es capaz de acto desinteresado solo para encontrarse una y otra vez con esta correa de transmisión que vuelve al narcisismo. El personaje de Joey plantea sobre cómo Phoebe le presta su vientre al hermano:

“Te hizo sentir bien, lo que te convierte en una egoísta […] no hay buenas acciones desinteresadas”.

 

Perfidia Amoris vs Love Deluxe

 

Fernandez Porta habla de las prácticas que serían contrarias al amor “verdadero”, las nuclea en lo que llama Perfidia Amoris. Dentro de estas prácticas entrarían las actitudes interesadas dentro del amor: la infidelidad, vengarse por amor, sobornar con regalos el amor. Este autor trae un anuncio de una casa de empeño, Cash Converters, que lee lo siguiente:

“¿Tu novi@ te ha puesto los cuernos? Véngate vendiéndonos los regalitos que te hizo”

Este anuncio pone de relieve la imbricación entre amor y dinero. En el fondo el nombre de la casa de empeño es muy honesto: cash converters. El amor se convierte en efectivo, en cash. Es interesante que el anuncio, con su crudeza, motive nombrarlo como honesto. La honestidad estaría en revelar alguna “verdad” de lo que sucede cuando el amor fue dañado, no correspondido. Vendiendo los regalos se devolvería la cuenta a cero. La naturaleza anal de tal amor se revela a las claras. El anuncio muestra una correa de transmisión “honesta” ¿por qué vender los regalos, conseguir cash, alivia todo/algo de lo que se retiró del amor? ¿Por qué con dinero se puede operar sobre el amor?

El momento económico del amor por antonomasia es la ruptura. Sobre las rupturas, Zygmunt Bauman realiza un seguimiento de la columna llamada El Espíritu de las relaciones de un diario inglés. Explica cómo, a partir de que hoy en día la gravedad de los acontecimientos se representa por medio de números (número de muertos, personas que asisten, número de downloads de una canción), seguir los “consejos” de esta columna puede indicarnos algo sobre lo que se puede “aprender” del amor. Indica que el mayor número de tips está orientado a cómo romper una relación y salir ileso, sin “daños colaterales”. No es una cuestión de componer relaciones, es una cuestión de cómo romperlas sin costos. Fernández Porta escribe sobre las rupturas de pareja:

“A partir de ese instante la percepción atenuada y distante de la dinámica del trato es sustituida por una mirada retrospectiva, técnica y contable. Ahora, el lenguaje economicista ya no es una figura de retórica: es la realidad, no había otra”.

 

Un amor oblativo, aquel que da para pedir de vuelta, aquel que en la ruptura no “quiere pagar el costo”, es un amor sin renuncia en su horizonte. Si se ama para ser amado ¿qué se entregó en el amor?

 

Solo resta dudar de un amor así. Quien insiste en recobrar lo que invirtió no pueda más que dudar de la honestidad de tal amor, ¿fue amor al otro? ¿cómo saber si amé/me amó si no hubo renuncia?

 

Habría otra “honestidad”, distinta de la crudeza, de la “realidad” del amor interesado. En la sociedad de consumo esta honestidad se da en el campo del mercado. Fernandez Porta lo plantea de esta manera:

 

“En la sociedad de consumo, la perfidia amoris es redefinida como querer de baja calidad, y su alternativa es redefinida en términos de probidad [honestidad] en el mercado. La cantante Sade lo llama Love Deluxe: el querer como producto de gama alta (¿Tienes love deluxe, o solo un pálpito de tantos?). El escritor Tiziano Scarpa lo llama Amore®: pasión coportativa. Amor dotado de funciones operativas y fabricado con control de calidad; amor con extras”.

L

a defensa del amor por sobre el dinero, la renuncia del dinero por amor, que hace el personaje de Julianne Moore en Magnolia delata el intercambio y la vez la búsqueda de redención de la perfidia amoris. Ella le pide al abogado de su marido:

 

“Nunca lo amé. Cuando lo conocí, cuando empezamos, me lo cogí porque quería su plata […] Ahora, yo sé que estoy en su testamento, lo hicimos juntos. Toda esa plata, no la quiero, porque ahora lo amo. Me enamoré de verdad ahora que se está muriendo […] no quiero que se muera. No lo quería entonces. Le hice tantas cosas malas que él no sabe, que le quiero confesar […] Quiero que cambies el testamento. No quiero nada de su plata”.

Para amar hay que regalar una cebra

En La Ética del Psicoanálisis, Lacan opone amor a beneficencia. Lo hace con el apólogo de San Martín, el santo: San Martín ve un mendigo, se quita su capa, la parte a la mitad y se la entrega. San Agustín toma este gesto como paradigma del amor al prójimo. Lacan se pregunta: ¿por qué no le dio toda la capa? ¿por qué solo la mitad?

Es este el amor al prójimo que mantiene las cosas en el orden del bien, en el orden del principio de placer. Es una figura de lo útil. La máxima utilitarista de Jeremy Bentham: la mayor felicidad para el mayor número. Es entonces, un amor que no se priva de mucho.

Un dato biográfico de este padre: Bentham, por su pedido expreso, es embalsamado tras su muerte. Actualmente, se lo puede ver en el University College de Londres, con una cabeza que no es la suya sino de cera. La intención de Bentham era seguir participando de las reuniones de directorio. Ahora bien, la cabeza original es robada por alumnos y, el término no podría venir mejor, utilizada para jugar al futbol. Podríamos decir: una maldad. Justamente la maldad del otro que no sería otra que el goce. Lacan establece que:

 

“El goce de mi prójimo, su goce nocivo, su goce maligno, es el que se propone como verdadero problema para mi amor”.

 

Si detrás de lo útil se resguarda del encuentro con el goce, se podría pensar al goce como lo inútil, decir: el goce es inútil.

 

La necesidad podría pensarse como el pedido de cancelación de cierto desequilibrio de cargas: si tengo frío, entonces pido abrigo. Al hambre, comida. La necesidad y su sutura es pedir lo que el otro tiene, dar a su vez lo que se tiene. En esa dimensión: perfidia amoris, amor interesado, amor oblativo.

 

Lacan plantea que la demanda como pedido, cuando se la piensa en el atravesamiento del ser hablante por el lenguaje, sería siempre demanda de amor, no demanda de algo sino de nada. Los objetos no valdrían por su posibilidad de cancelación de la necesidad sino que valdrían como dones de amor, como “nadas” que no guardan ya relación con el negocio narcisista. Ya no es el negociado, el intercambio preciso de lo que se tiene para verse colmado en la misma medida, sino el pedirle al otro que entregue eso que no tiene, que entregue un signo de amor, una nada. Es el hacerle falta al otro y que el otro me haga falta. Esta es la definición simbólica del amor como dar lo que no se tiene. Se podría pensar este amor simbólico como lo que ocurre, en ocasiones, en el  encuentro con una mujer, en la relación de pareja, donde lo que ella pide no parece saciable desde el registro de la necesidad. No es lo que se tiene que puede cancelar lo que ella pide, no es necesariamente más objetos (que solo llevan a confirmar que ese objeto que se da no es un signo de amor) sino lo que no se está dando. Esa experiencia cancela el negocio, el intercambio de dones como tenencias, como bienes “de placer”. Es otra cosa que oficie de signo, de nada, de entregar una “nada”. Este signo se puede pensar como la palabra de amor. Resuena el mantra de Cortazar: pero el amor, esa palabra. Una palabra de amor llama a otra palabra y así ¿hasta dónde? Las mujeres piden que se les hable de amor. Se puede retomar la discografía beatle, toda la primera parte, quizás hasta Rubber Soul: es un cancionero que habla del amor. Existe una en particular The Word [La Palabra], que es tomado por los exégetas como la primera letra beatle que habla de manera enigmática, abstracta sobre el amor. Lennon canta Say the Word and you´ll be free [di la palabra y serás libre] Have you Heard? The Word is Love [¿Has oído? La palabra es Amor]. Una nada que como signo sirve para ser libre, ¿de qué?

 

Zebra, la canción de Stephen Merrit de Magnetic Fields es un catálogo de dones que no vienen al lugar del amor. Es solo un acordeón, con todo lo trágico y escaso que un acordeón puede tener, y la voz de una mujer reconociendo y desestimando todo lo que este otro del amor le entregó: habla de los regalos de amor. Del amor oblativo al amor como entrega de una nada. La lista empieza con el matrimonio, en Venecia, acentuando el cliché del amor. Desde allí va nombrando las ofrendas insuficientes, en un in crescendo que sugiere el infinito, cada vez más:

 

So we got married in Venice in June [Nos casamos en Venecia en Junio]

So what? [¿Y qué?]

We circled the Earth in a hot air ballon [Dimos la vuelta al mundo en un globo de aire]

So what? [¿Y qué?]

And the rest of our lives [Y el resto de nuestras vidas]

Is one long honeymoon [es una larga luna de miel]

Well, that doesn´t mean we´re in love [Bueno, eso no significa que estemos enamorados]

 

Resuena la imposibilidad de que el dinero compre el amor: (Money) can´t buy me love. El dinero que no alcanza para el amor, replica el ¿Y qué? La canción pide una cebra, ese objeto que saturaría la demanda de amor: con una cebra si habría amor. Y con otra, y otra:

 

If you really loved me [Si tu realmente me amaras]

You´d buy me the Great Pyramid [me comprarías la Gran Pirámide]

Oh, I´m so forgetfull, you already did [Oh, soy tan olvidadiza, vos ya lo hiciste]

There´s one thing I need [Hay una cosa que necesito]

If you won´t think I´m greedy, my deah [si no vas a pensar que soy codiciosa, mi amor]

Another zebra [otra cebra].

 

Leyendo la biografía de Paul McCartney “Hace muchos años atrás”, escrita por Barry Miles, di con un fragmento donde Paul sienta su posición sobre la pregunta que inaugura este escrito. Cuenta la crónica del primer viaje de la banda a EE.UU.:

 

“Miami fue increíble […] había todas estas chicas encantadoras, hermosas y bronceadas. Y MG Motors trataba de vender allí sus convertibles […] nos prestaron uno a cada uno parar hacer algo de publicidad. Recuerdo que conocí a una chica bastante linda y la llevé a cenar en el MG en la fresca noche de Florida, con las palmeras que se mecían ¿me estás jodiendo? ¡un chico de Liverpool con esa belleza bronceada, en mi MG, yendo a cenar! Debería haber sido Can Buy Me love [puede comprarme amor], en realidad.”

 

Es fácil suponer que la chica hubiera preferido un Cadillac. Y a los Rolling Stones. 

© 2020. Diego Vilariño. Todos los derechos reservados.
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