Les voy a contar una historia, creo que viene al caso y puede ayudar a entender el afiche.
Yo tenía cinco años, era mi primer día de jardín de infantes. El jardín se llamaba Pío-Pío Guau-Guau y con ese nombre ya anticipaba una clara división de especies. Estaban entonces los pájaros y los perros, y bueno, yo que no estaba muy enterado, las chicas y los chicos. En el curso me encontré con mesas circulares de color naranja donde nos sentaron en grupos mixtos: nenes y nenas. Al lado mío se sentó Hugo. Hugo era pelirrojo, tenía el pelo del mismo color que las mesas. Era la primera vez que veía un pelirrojo y para mí fue algo parecido a un episodio de perplejidad psicótica. No es de envidioso, pero ese pelo era extraterrestre, era una furia. Quizás por eso Hugo era lo que hoy la ciencia pedagógica marcaría como TDAH, con acento en la H. Para mí, lo sigo afirmando hoy, Hugo era solo pelirrojo. Durante esas horas no paró de romper reglas, uno diría, bien en la lógica masculina del todo y la excepción, Hugo era la excepción. Ahora, esto era los pájaros y los perros. Y Hugo era un perro naranja. Con hocico. En un momento, se agachó y fue gateando hasta la chica que estaba sentada enfrente. La chica era Ana y yo, promediando media mañana lejos de mi mamá, ya estaba enamorado. Tomó su pollera, la levantó y miró qué había debajo. Hizo algo que no se hacía, pero algo que no se hacía de una manera que nadie me había dicho. No se podía ir a una nena y levantarle la pollera para mirar qué había, simplemente no se hacía. No estaba escrito. Y ahí estaba Hugo mirando y yo, en la comodidad de mi fantasma neurótico, mirando cómo Hugo miraba. Pero hubo un detalle. Ana se quedó quieta. Ahí cuando uno esperaría la reacción, el grito, el asco, la cachetada. No. Ana estuvo congelada unos segundos y de a poco, bajó la cabeza. En vez de dirigirse a Hugo, fue ella misma la que miró debajo de su pollera. Como para no enamorarse de una chica así.
Masotta decía “lo que no se quiere saber de la sexualidad es que no hay saber sobre la sexualidad”. Habría algo allí que no es atrapable por el significante. Algo de la sexualidad, si quieren, que no es traducible en términos fálicos. Porqué si es fálico es que hay un significante y si hay significante hay un mundo, uno simbólico. Se puede reprimir lo fálico, se puede metaforizar, sustituir, se puede sublimar. Se puede tener un coche copado, se puede pintar un desnudo, se puede comer maní compulsivamente. Lo fálico, con suerte, se puede regular, alguien puede oficiar de nombre del padre y decir “pará con el maní”.
En el seminario 20, Lacan establece “la feminidad es un asunto de cuerpo”, dice también “lo único que especifica a la mujer como tal es su sexo”, yo creo que se refiere al sexo genital. Al primario, al que está debajo de la pollera. Las tetas no son femeninas, son maternas. Y el culo, digamos, no nos diferenciamos mucho por ahí. Pueden haber algunos mejores que otros, se puede hacer un concurso decapitado de Reef, pero por ahí no habría pájaros distintos de perros. Barros dice “lo único que especifica a la feminidad como tal es el sexo y ese sexo desde la perspectiva falocéntrica, para quien habla el lenguaje del falo, y acá hay que aclarar que el lenguaje del falo lo hablamos todos, el sexo de la mujer no dice nada”. Uno podría decir, “buenas noches” y terminar el seminario acá. Ahora bien, existe Hugo y Ana mirando debajo de la pollera. Por ahí algo puede decirse.
Sería un plomo explicar el afiche, creo que es alusivo. Pero voy a ser un poco plomo y decir algo. Ahí estamos todos mirando debajo de la pollera de Marilyn. Como Hugo. Está el lado oscuro de la luna, para viejos melómanos, ahora que hay un revival de Pink Floyd. Después le corté la cabeza a Marilyn. Quizás se la corté para ponerla a mirar debajo de la pollera, al lado nuestro. Así que el noveno explorador podría ser una mujer. Quizás el más uno que ilumine algo. Y eso es cómico. Pueden no reírse, pero es cómico. Es un capítulo de la comedia fálica. Es para pensar: ocho vagos hablando cosas de minas. No sé. Podría haber sido otro título ese, medio burdo. Miller dice “A las mujeres no les gusta atrapar lo real con el significante”. Pero el significante es todo lo que tenemos, ahí está el obstáculo de este seminario. Sobre esto hay una anécdota, cuando colgué el afiche en ese histeródromo que es Facebook, una amiga tiró esta maldición: “Jamás podrán hablar apropiadamente de las mujeres. Ni nosotras podemos”. Después agregó de esos emoticones con la carita feliz, como restando fatalidad a la condena.
Bien, será cuestión de meterse al continente negro, debajo de la pollera, con esa linterna cómica y hablar inapropiadamente de lo que hay ahí. Como esos perros sinvergüenzas que meten el hocico. A fin de cuentas, Ana y Marylin se dejan.




