
EL RELOJ CALCULADORA
Cuento sobre el fin de la infancia y las marcas que definirán la neurosis adulta. Desde la narcosis del domingo por la mañana, el relato se abre a un encuentro traumático en la montaña. Los roles se sublevan y los miedos quedan al descubierto. De cómo la inocencia puede estrellarse contra una piedra en un solo instante.
Ahora pienso que fue una premonición. Una premonición es algo fácil de pensar, mucho más después de que eso que previene ya pasó. Se mira para atrás y se elige qué detalle anunciaba la serie de sucesos. Se unen los puntos, se dice en voz baja “ahí estaba”.
Yo elijo la chinela izquierda en el pie derecho. Esa es mi premonición.
Es Domingo, es la época dónde es importante definir un color preferido, el mío es el amarillo. Toda mi familia está dormida. Entiendo que es algo de grandes: dormir los Domingos a la mañana, dormir y despertarse tarde. Yo soy este niño de nueve años que camina solo por la casa, con las chinelas invertidas. Tengo un reloj calculadora, digital, es el mejor objeto que tengo. Son las siete y cuarenta y uno. El día es inmenso a esa hora, puede ser cualquier cosa.
Prendo la tele, están dando dibujitos. Me imagino que en el canal desde el que transmiten hay gente que duerme pero deja “Los grandes de la historia” para que yo lo vea. Ese dibujito que explica qué hace a alguien grande, que pone en fila a todos los grandes. Pasteur se da cuenta que las lecheras de Dijon no se enferman, inventa la vacuna, salva a un niño mordido por un perro con rabia y la gente en Francia festeja. Voy hasta la heladera y me fijo en el sachet. Pasteur hecho verbo, en letras rojas.
A mí me mordieron varios perros ya, tres en total. Uno en la nariz, otro en el pie y un San Bernardo en la cola. Ese día tuve miedo de la inyección, no pensé en otra cosa. Mi mamá pidió a la dueña del perro que le mostraran las vacunas y ahí estaba esa historia de inyecciones, las del perro, las de la rabia con sello sin vencer. Esa tarde no paré de hablar, como cada vez que estoy contento. Pasteur me salvó de la inyección.
Hoy estrenan un programa de tele, se llama “Nubeluz”. Hay chicas rubias con acento que no conozco. Siento que soy el único niño a esa hora mirando y me hago cargo de sostener la audiencia. Traigo galletas dulces y me cruzo de piernas en el centro del living. Presentan a “Los Niños Talento”, chicos de mi edad que tienen alguna destreza especial. Pequeños monstruos. Trato de pensar cuál es mi talento, siento que no tengo ninguno. Creo que para hacerme grande debería conseguir alguno. Los grandes de la historia tenían talento. Toda esta idea me pesa y crea una niebla en la cabeza. Quiero que se termine el segmento, que saquen a esos chicos de adelante. Todos cantan una canción que se llama “La Leche”, Pasteur de nuevo.
Mis padres siempre duermen con la habitación abierta. Siempre miro qué hay adentro, me asomo. Mi papá boca abajo con la almohada sobre la cabeza. Mi mamá dándole la espalda. Eso también es una premonición. A veces me quedo un tiempo en el umbral mirando y escucho como respiran. Me imagino que no piensan en mí, que en ese momento no estoy en ningún lado para ellos.
Mi mamá se despierta primero. Es petisa y arrastra las pantuflas. Tiene una bata pesada y azul. Me saluda despeinándome. Prepara un mate lleno de hierbas que no conozco. Le cuento que hoy estrenaron un programa nuevo, casi como si fuera el dueño, como si se lo estuviera vendiendo.
Mis hermanos aparecen para el almuerzo, son más grandes que yo. Mucho más grandes. En la mesa somos cinco y estoy sentado en el medio de un semicírculo. Me preguntan si quiero ir a la montaña. No sé qué contestar. Vemos la tele sin hablar nada. Mi papá tiene un Peugeot 505, el tapizado es de una tela marrón que me hace picar. Tiene un alerón muy chiquito, justo en la punta del baúl, es lo que más me llama la atención, creo que ese pedazo de metal saliendo es su talento.
Después de comer mi mamá me dice que me cambie, que vamos a ir a la montaña. Pienso que no tengo ganas de ir pero no digo nada. Me callo. Busco un buzo rojo y blanco con la palabra “Ranger” escrita en goma. Estoy listo.
En el auto de mi papá hay tres cassettes que se repiten todo el tiempo. Hay uno que me pone muy triste, es de una mujer que se llama Nana Mouskouri. Ella usa anteojos de marco negro grueso y canta en un castellano sospechoso, tiene acento como las chicas de “Nubeluz”. Hay una canción que me hace doler la panza, se llama “Libertad”.
Viajando en el asiento de atrás del Peugeot me imagino las montañas como dinosaurios. Achino los ojos y hago fuerza – están todos dormidos y los cubre una frazada gigante – a mi mamá le causa gracia lo que digo. Nana Mouskouri me rompe las orejas.
A mi papá le gusta leer los carteles mientras viajamos, los destinos con las distancias, los nombres de campings, los restoranes ruteros. Le gusta relatar lo que todos vemos. También hace los ruidos que no están en el paisaje, para él un horizonte escarpado tiene sonido.
– Mirá las montañas todas chí chí chí chiú.
Es algo que me sorprende cada vez. Me gusta que lo haga, me hace prestar atención, hace que lo obvio tenga que nombrarse y entonces ya no es tan obvio. A mí mamá esto le molesta, le parece que es de boludo. Mi papá no lo deja de hacer y no entiendo bien pero algo de ese ejercicio paradójico hace que estén juntos.
En Potrerillos hay un lugar que se llama “Proveeduría”, así sin nada, sin nombre propio. Ningún artículo que anticipe algo personal. El Progreso. La Micaela. Los amigos. Nos frenamos a calentar agua para el mate. Mi mamá se baja con el termo y la cartera. Camina con el vértigo de un cronómetro. Mientras espero veo como un auto se estaciona al lado nuestro y un chico me saluda desde la ventanilla. Es Federico, mi compañero de colegio.
Federico es más petiso que yo. Tengo 9 años y me gustaría ser como él, me gustaría ser más petiso. El corre más rápido que yo, salta más lejos. No tiene los muslos gordos, ni las tetas precoces prendidas fuego por los ganglios. En invierno fueron las competencias de atletismo. Ese día hacía frío pero igual había que usar pantalones cortos, las piernas al aire y la remera de piqué. No gané ninguna medalla. Fue un fracaso. Cuando ya habían entregado los premios y nos íbamos al auto me puse a llorar. Ese día Federico me regaló una de las seis medallas que había ganado. No entendí bien qué tenía que hacer. Él me dijo que quería darme una, que me la regalaba. Me invitó a su casa y jugamos con una patineta en la calle con pendiente. Tomamos Nesquik de frutilla, algo que no sabía que existía. Federico tenía un rifle de aire comprimido y le disparamos a un portón que tenía las letras “P” y “J” escritas en gigante. Desde una terraza, un tiro por turno. Cuando salió el dueño nos escondimos detrás de una pared y yo no podía contener la risa. Fue divertido de una manera prohibida. Ese día no conté nada en casa.
Mis padres se ven con los de Federico, se conocen de las competencias de atletismo. Me bajo y chocamos las manos. Es un saludo que pienso que es muy canchero. Apretamos las manos y hacemos un chasquido con los dedos. Suena tuc. Él mira mi reloj calculadora pero no dice nada.
Es una casualidad verlo justo ahí, en la montaña. Que lo vea el Domingo y no mañana en el colegio. Mañana cantando Aurora. Está fuera de lugar. Las casualidades siempre hacen que piense en el complot. Si hay un señor decidiendo que ahí pase algo así, que Federico esté en la montaña y yo también y mi papá maneje, como maneja el papá de Federico hasta ahí, hasta la proveeduría sin nombre. Hace que las premoniciones existan. Un señor mirando todo, mirando un capítulo repetido, un capítulo que sabe cómo va a terminar. Si las casualidades no son un estreno entonces todo esto es una temporada vieja. Las casualidades, cuando las pienso así, me hacen doler la panza. Hacen que la vida sea esa canción de Nana Mouskouri.
Los grandes piensan que sería bueno que esa tarde la sigamos juntos, animados por lo fortuito del encuentro. Discuten un lugar en la montaña para tomar mate. Parece importante que haya sombra, que haya un río, piedras, que hayan muchísimas cosas. Para mí suficiente con que esté Federico y que todo eso sea una casualidad y no un destino. Dejo de prestar atención.
Las galletas de la madre de Federico tienen porquería adentro. Porquería buena. Tienen una pasta que no crece en ningún árbol. Es una porquería rosada como el Nesquik. Las galletas de mi mamá las conozco, son como ese otro cassette que suena en el auto de mi papá: son un compilado. Hay muchas y distintas. Es importante elegir cuál me gusta más. Mis preferidas son las que tienen un dulce en el centro, un dulce que siempre se me pega en los dientes. Puedo estar un rato largo pasando la lengua por adentro de la boca.
El lugar donde comemos galletas tiene una montaña al lado. Federico me dice que la escalemos. Pienso que tendría que avisarle a mi papá pero Federico ya la está subiendo. Él es mucho mejor que yo trepando, parece que no le preocupan las arañas debajo de las piedras. Me cuesta mantenerme cerca de él, cada vez que avanzo el avanza el doble. Le pido que me espere pero no quiere escucharme. Mientras lo sigo me doy cuenta que lo único que quiero es alcanzarlo. Me imagino que él sabe a dónde va, que él sabe como saben los grandes. En ese momento me olvido de dónde piso y empiezo a ir más rápido. Mucho más rápido.
Federico se frena cuando llega a lo más alto de la montaña y me saluda. Quiero decirle que me espere pero lo saludo de vuelta. No sé por qué hago eso. Él me da la espalda y no lo veo más. Miro detrás de mí y no veo el río, ni las piedras. Todo esto me pone nervioso. Tengo dulce pegado en un diente, paso la lengua pero ya no es divertido.
Me apuro a llegar a donde vi por última vez a Federico, ya no sé dónde estoy. Me pongo las manos en la cara, la lleno de dedos, no quiero ver nada. No estoy en ningún lugar para los demás, mis padres dormidos. Estoy solo. Empiezo a caminar, a ninguna parte. Miro las plantas, esas plantas aburridas de la montaña. Son un desorden que aburre. Me hacen acordar a esos dibujos que a veces hago: dibujo sin saber qué dibujo, es una línea que avanza sin intención. Todo dibujo sin intención es una planta que no inspira nada, es una planta que aburre.
Hace un rato que camino solo. Ya estoy cansado y no sé a dónde estoy. Me siento en el piso, ya no me importan las arañas. Me vuelvo a tapar la cara, con los dedos me aprieto los ojos y veo estrellitas. Me doy cuenta que estoy respirando fuerte, tengo muchas ganas de llorar.
Cuando abro los ojos me doy cuenta que no es mi respiración, no soy yo respirando. Enfrente mío un perro me muestra los dientes gruñendo, todos los dientes. Es un cimarrón. Es un perro que no tiene dueño, que vive solo en la montaña, es un perro que existió antes que los perros existieran adentro las casas. Antes que existiera Pasteur, antes que existieran las inyecciones. Un cimarrón es un perro que muerde sin libreta.
No puedo moverme. Me quedo quieto mientras se acerca. Tengo miedo por sobre todo lo que puedo tener. Ni el reloj calculadora, ni el buzo irónico que dice “Ranger”, mis muslos inmensos transpiran frío y se congelan. El lomo erizado y esa baba no puede ser otra cosa que la rabia, la baba es rabia.
De repente una piedra cae y le pega en el hocico. El cimarrón larga un chillido, estornuda y se queja – ¡Andate! – le grito llorando, es una súplica sin aliento, hablo desde el hígado. Otra piedra cae y le pega en el lomo: Federico aparece corriendo desde atrás mío, tratando de ahuyentarlo – ¡Fuera! ¡shh, shh!”– le grita mientras levanta tierra con los pies. Federico es una tromba, el cimarrón guarda la cola entre las patas y se aleja como un zorro. Se pierde entre las plantas aburridas.
Le pido a Federico un rato. Sostengo mi cabeza como si me fuera a caer. Me seco los mocos con la manga del buzo. Federico se pone a romper ramitas, no me mira, no le preocupa mucho lo que acaba de pasar.
– Encontré una cascada – me dice señalando.
Me levanto, me limpio la tierra y caminamos. Podría haber dicho cualquier lugar, yo hubiera seguido. Las montañas están encima nuestro y no puedo borrar la cara hambrienta del perro. Federico tiene ese ánimo de scout imperioso: lleva una rama grande y va removiendo lo que encuentra. Mira las plantitas como si supiera los nombres. Todo esto me parecería algo presumido pero siento que estoy en deuda y encuentro provecho en la investigación de Federico. Quiero devolverle algo. Arranco pelotitas de una planta – venenitos – digo mostrándole la cosecha.
Hablamos de la escuela, partidos de futbol llenos de jugadas heroicas. Todo parece girar alrededor de las hazañas. Con 9 años las gestas se cuentan sin el artificio de la humildad. Las ceremonias alrededor de los relatos son cortas, van derecho a la desproporción. Van a lo que importa. Las hazañas son entonces honestas y toda hazaña es honesta cuando es exagerada. Federico habla mucho de una competencia que se llama “El hombre más fuerte del mundo”. Existe una prueba donde tienen que transportar dos heladeras una cantidad de metros, en otra levantan un coche, tiran abajo postes de luz. Pienso entonces que ser hombre es algo que hay que salir a demostrar, que no está desde el principio, es algo que se gana y hay que renovar cada vez. La pregunta por el talento lo vuelve a invadir todo y el recuerdo fresco del cimarrón me atormenta.
Adelante nuestro aparece un hilito de agua bastante pedorro, cae desde unos metros arriba. Federico habla de hombres tirando barriles por el aire.
Estamos lejos de nuestros padres. No sé dónde están ellos, tampoco sé dónde estoy yo. Creo que a esta altura deben estar preocupados, nunca avisé a dónde iba. Decir “estoy en la cascada”, es decir algo que no conoce el camino de ida ni el camino de vuelta. Me imagino a mi papá y a su papá gritando nuestros nombres, siguiendo huellas que se confunden. Le preguntaría a Federico si sabe volver, si está perdido como yo. Le preguntaría si todo esto no lo espanta hasta la espina, pero no lo hago. Quiero quedarme ahí. Un rato más. No es soportar el miedo, es ver a dónde me lleva.
– Casi me muerde – le digo.
– De pedo.
– ¿De dónde salió ese perro?
– No sé.
Tiramos un par de piedras a la piletita que se arma después de la caída de agua. Buscamos venenitos. Federico parece ensimismado. Se acerca y me pregunta por mi reloj.
– Me lo trajo mi papá de un viaje.
Lo mira en detalle guardando silencio. Le muestro las funciones, tiene cronómetro, reloj mundial, la hora de Londres y Shangai. Mi reloj tiene una agenda para anotar todas mis obligaciones de niño. Mientras se lo explico me doy cuenta que el teclado es torpe, las letras se amontonan, mis dedos ya son muy grandes para escribir cualquier cosa ahí. Federico trata de escribir pero tampoco puede. Sin decir nada me agarra la mano y me da un beso en la boca.
Yo soy el primer amor de Federico, así, con mis muslos anchos, la piel de cuartirolo. En su casa, la tarde cuando disparamos con el rifle, él me preguntó si me hacía la paja. Yo no entendí que quería decir. Le dije que sí, pero no sabía lo que decía. Quería ser como él, y no podía hacer otra cosa que mentirle. Quería tener la gracia que lo volvía grande. Federico era un niño talento: ¿por qué me besaba? Yo, el llorón olímpico, el paralítico de los perros, ¿qué podía ver en mí? Ese beso fue mi última esquirla de inocencia. Ahí chocó sin preámbulo la infancia. Paf. Me despertó temprano, me desayunó como se desayuna antes de un viaje largo, fuera de horario, con el estómago extraviado. Federico me besaba y en el beso se derrumbaba su tótem. La chinela izquierda en el pie derecho.
– ¡Salí! – le digo empujándolo – ¿qué hacés?
Federico no me mira, junta los labios como si pudiera borrarlos de la cara. Se da el beso que no me pudo dar, se lo traga. Si no hay boca, no hubo beso. La cara le estalla de rojo, lo veo un niño minúsculo, arrepentido. Caminamos de vuelta callados. No vamos a hablar más. En el colegio será bajar la vista y al año siguiente el banco de Federico va a estar vacío.
En el viaje de vuelta mi papá pone el tercer cassette, se llama “Pies Danzantes”. Es perfecto. Podría escucharlo en bucle infinito, en el asiento de atrás del Peugeot, las montañas como dinosaurios, la distancia sin retorno entre mis padres. Cada canción es una película irónica, el antídoto de Nana Mouskouri, su reverso elocuente. No hay ninguna voz, todos los temas son instrumentales y para mí dicen todo lo que hay para decir. Soy este niño avivado por un beso entre dos padres separados de facto, siempre urgido a resolver ese abismo. Mi cabeza es una montaña de papeles, es un reloj calculadora con agenda y teclado diminuto. Siento que lo único que puedo hacer es dejar que esa música extraterrestre llene la nada del Domingo. Suena “Penas del Corazón”, la parte silbada es el cénit. Mi papá en su redundancia la silva a la par. Me río solo.
En casa comemos pollo al horno, todos mojamos el pan en la olla, es una delincuencia privada, solo los Domingos en la noche, solo mi familia. Pienso que podría contar de mi encuentro con el cimarrón pero eso me obligaría a hacer aparecer a Federico. Mejor no. Mi pan recorre la grasa de la olla y empala media cebolla. El bocado es glorioso.
Me acuesto y miro al techo con la luz prendida. Mañana es lunes y hay colegio. Mañana hay que cantar Aurora en un horario imposible, hay que entrar de a uno al curso, hay que bajar la vista cuando lo vea.
Mi papá entra a la habitación para despedirme. Me tapa hasta el cuello con mi cubrecama amarillo. Soy una oruga. Él me sacude con las dos manos para darme calor, es un cariño energético. De los pies hasta el cuello y de vuelta. Recorre todo el cuerpo. Es una transfusión.
– A dormir pichón de urraca.
Sueño con el cimarrón mostrándome los dientes. La baba sin sello gotea al piso. Las piernas se me llenan de sangre y le atravieso una patada decidida. Desde el pecho a la panza. El perro se escabulle chillando. Miro al piso y mi reloj calculadora está roto contra una piedra. La pantalla estrellada tira números que no se pueden leer. Ya no sirve para nada.


