A Norberto José Catapano le gustan las motos, tendría una, no muy grande. No sabe de marcas ni modelos y nunca dijo la frase “me gustan las motos”. Con cincuenta y ocho años se da cuenta mirando una en un semáforo. Él en su auto, una mano asomando por la puerta, la otra en la palanca. Arrancan y la revelación se esfuma. El tránsito es un delirio que uniformiza los apetitos.
A la mujer de Norberto José Catapano le dicen Kiki. Más jóven que él, linda señora, ya perdió su silueta de “S“ elegante, en algún momento pasados los cuarenta, pero no engordó fuera de toda ley como muchas de sus primas. Este triunfo le da un orgullo secreto. A veces una mujer necesita aplastar la cabeza de otra.
Norberto José Catapano besa a Kiki en la boca como un pajarito. Deja las llaves, y se sienta en la mesa. Le cuenta del banco, la cola interminable, sin privilegios. Kiki de espaldas a él, corta un tomate y piensa qué más le puede agregar a la ensalada.
– …y entonces le digo al guardia si cree que soy pelotudo, si esta es la fila de los pelotudos.
– Un huevito – dice Kiki.
Este hombre vende su auto. Este hombre vende su auto más caro de lo que sale. Lo cuidó pero más precisamente lo incubó: lo separó de la materialidad que cobra el tiempo sobre la chapa. Eso trata de sugerir cuando lo llaman por el aviso, habla de los plásticos del interior, la pintura original, la cuidada atención a los líquidos. Todo tiene una poesía ignorada para él. Ya pasaron meses desde que creyó que tenía pan caliente. Si Norberto José Catapano tuviera menos dulce de leche en la cabeza su auto valdría lo que realmente vale. Valdría él su precio de plaza. Valer lo que dejó de valer, ¿por qué no? Pero su auto es una reliquia preciosa, cuidada en el tiempo. Norberto José Catapano hizo de su vida un museo.
– Mirá, usado así no vas a encontrar – explica mientras acaricia el capot.
Esta mujer limpia su casa. Esa mujer limpia su casa más exhaustivamente de lo que esta casa necesita. Cuando recorre el supermercado disfruta leyendo lo que prometen los químicos. “Limpieza profunda”, devolver las superficies a nuevas: acrílicas, vidriadas, plásticas, fórmicas, espejos, TV, audio y video. Todas deberían ser vírgenes. Kiki adora los recuadros que anuncian la “acción instantánea”, la nueva fórmula que resuelve en un solo paso, sin juego previo, lo que antes hacía una comunidad. La violencia abierta de los productos de limpieza es un permiso al sadismo de aniquilarlo todo, incendiar y hacer desaparecer de un plumazo. La noción de eliminar todos los gérmenes del hogar, borrar una población entera, la ironía diplomática de la “limpieza étnica“. Si Kiki tuviera menos veneno en la sangre su casa podría ser algo habitable. Se podrían producir grandes obras. La casa sería una usina, un molino, ¿por qué no? Pero su casa es una plaza seca, sin gente ni polvo. Kiki hizo de su casa un limbo.
– Limpiate cuando entrás, ¿querés? – y todo se congela en un catálogo.
La cama está vigilada por un crucifijo. Norberto José Catapano dice la frase “ponerse cariñoso” cuando habla de coger. Es una elipsis. Se acerca a Kiki y descarga un comentario con doble sentido, igual que todo comentario, pero está la pimienta en la voz, los brazos armando un paréntesis que la esquina. Ella en la cocina, o en el patio, o en el living, no importa, está siempre limpiando, siempre con esa película de transpiración encima. Un film protector. Ella rezonga, él se ríe y le toca la cola como un aparato precioso y ajeno, como se tocan las chucherías exhibidas, justo antes de comprar, en el tránsito entre el ideal todavía no propio y la posesión definitiva. Le habla al oído, un dulce de membrillo. Kiki no entrega. Punto. Saca una lista de “cosas que tiene que hacer”, deberes correctos, bombas de humo. Norberto José Catapano pide cómo Oliver Twist pide polenta. Dale. Kiki es un control remoto limado por el uso con una resistencia impredecible en cada botón. Él sabe qué tocar, sabe que antes tocaba ahí y algo pasaba, aprieta, una, dos veces pero nada. Cada tanto, en ciertas efemérides, a Kiki se le sube el volumen. Ese día el crucifijo se sacude, Jesucristo el gran voyeurista, si solo pudiera sacar los clavos de las manos. Esa cama siempre es un trío. Él rebota arriba de ella, un elefante marino. Ella cierra los ojos y tiene una curiosa fantasía con Joaquín Furriel. Ella le prepara un café con leche, él agradece, le cuenta sobre sus viajes, los compromisos, le sugiere llevarla, Kiki vestida con el vestido de los 15 le dice que no sabe, que está casada, él se levanta, la toma del cuello y la besa. Furriel hace el amor, no coge ni se “pone cariñoso”. Para Kiki hacer el amor es algo con sábanas Danielle Steel de 400 hilos y una cuidadosa trasmutación de una pija peluda en un churro lampiño de lapis lazuli. Norberto José Catapano pega un grito y acaba. Se desploma a un costado, ella se viste rápido, después al baño, después a las diligencias. Pero nada de esto pasa hoy, ella le dice que no insista, él refunfuña, se va al living y prende la tele. Culos por todos lados.
– He logrado mayoritariamente satisfacciones – dice él cuando resume su paso por La Empresa. Esto es verdad y mentira dependiendo de la corriente marina en la que se meta cuando suelta la lengua. No terminó la carrera de contador – nació mi hija y no daba con los tiempos, me dormía en la clase – esto si es una mentira rotunda. Administrativo de distintos rangos, ascendió hasta ese punto donde se le acabó la magia, el autito a fricción que era el prominente Norberto José Catapano, traje almidonado, perfecto Lord Cheseline se frenó. Hasta acá. Luego el anquilosamiento solo atravesado por los viajes. Está La Empresa y están Los Viajes.
– Si naciera de nuevo volvería a hacer exactamente lo mismo – dice ella ahora que la edad la obliga a la retrospectiva de toda una vida. Esto es un acto de pedantería. El tema vuelve a insistirle, no siempre está tan segura. A veces cree que debería haber hecho una diáspora infinita de cosas. Siempre cambia la película pero vuelve, e insiste en dejarla tal cual. Hizo un curso de pastelería, la idea algo trasnochada de la panadería alemana – cuando tuve a mi nena tuve que dedicarme a la maternidad – Ama de casa encarnada, Kiki hizo de las reuniones sociales algo inspirador, moderadora, risa certera, un trencito que llevaba gente. Fue una dama de los paquetes, de los Tupperware.
Los Viajes de Norberto José Catapano podrían ser una entrega de la biblioteca tapa amarilla de Billiken. Empezaron tímidamente como un desprendimiento de La Empresa: un relevamiento en una sucursal, pasajes para Pergamino, la promesa de un semi-cama que choca con la realidad del semi-asiento. Bajarse con lluvia y caminar sin mucha dirección hasta la revelación de un taxi – Al Hotel Italia – El recuerdo de cada nombre de hotel, el repasar con barniz cada nuevo nombre pensando en el día en que lo bautizaron – se va a llamar Italia – imaginarse la hoja en blanco o el Eureka o la herencia indudable de que ese lugar se llamaría así y no distinto. Ese ejercicio fue un dato que Norberto José Catapano nunca reveló a nadie. No por deliberación, este no fue un secreto, sino que nunca llegó a pensar la fijeza de esa gimnasia. Como esos órganos que no tienen nombre, sin una flecha que los indique en ningún atlas, órganos que nunca entraron en la moledora de carne del idioma. Cada nuevo hotel, un nombre, una nueva etimología. Llegó, miró el cartel, y lo perdimos.
Norberto José Catapano examinó en la pizarra el menú – barato – pensó. Pero todo hotel guarda fósiles. Decidió caminar hasta la calle principal. Llamó a Kiki.
– ¿Qué novedad querés que te cuente? – le preguntó ella ofendida.
– Nada, quería saber cómo estabas.
– Acá estoy.
Él se quedó en silencio.
– Voy a comer.
– …
Existe una licencia que da la convivencia para demoler al otro sin piedad. Abrir la panza y mover los chinchulines, ir y bailar con los órganos internos. Kiki no soportaba la idea de su esposo lejos, por ninguna otra razón que el daño de la diferencia. Él de viaje, ella no. Él comiendo afuera, ella mirando un omelet, sin mantel ni servilleta.
– Andá a cagar- dijo Norberto José Catapano después de colgar.
El mozo vestido con moño y blazer blanco le entrega el menú: cuerina rellena, la palabra “napolitana” atravesada por la línea blanca de un cartucho asmático. Todas las palabras del menú se desvanecen. Saca los lentes. El mozo vuelve y le trae una canasta con grisines y manteca para uno. Mientras abre el paquete nota que hay parejas por todos lados. Acá Norberto José Catapano se siente solo. Come ravioles, no pide postre y se va al hotel. Mira algo de tele y se queda dormido.
La noche siguiente se queda en el lobby, pide un tostado y una coca. No hay parejas alrededor, solo una mujer comiendo cerca de la ventana. Ella pide un té. Los dos fuman a la distancia. Cuando ella lo mira él asiente con la cabeza saludando. Ella sonríe. Es una mujer ancha de cuarenta años, se viste como un living comedor, falda tubo de tapicería. Norberto José Catapano decide acercarse y muy en su estilo pide permiso. Dice que es un despropósito comer solo. Realmente piensa así sobre este punto.
– Si la compañía lo vale – dice ella.
Norberto José Catapano tiene entonces cuarenta y cinco años. Está en el cuarto del Hotel Italia, el torso desnudo, usando un par de tetas como binoculares. Mete mano, la desnuda, queda en medias y ella le pide que se las saque. La luz de la calle le enmarca la silueta mientras se agacha.
En esa época Los Viajes empezaron a repetirse. Junín, Campana, Mercedes. Kiki odiaba cada uno de estos nombres. Cada pueblo era una mujer distinta. Le hacían doler la panza. Un día soñó con un mapa de la provincia donde todos los partidos tenían “Kiki“ escrito en el centro. Esto fue lo más tierno que alguna vez le cruzó la cabeza. Después nunca más.
En cierta época una mujer llamó a la casa. Kiki atendió. La mujer preguntó por él, Kiki le dijo que quién era. Ella dijo que era la novia. Esa noche fue una carnicería. Norberto José Catapano negó todo y usó la palabra “loca” catorce veces. A nadie le cerró todo esto.
Ella no sabe bien qué es, no podría definirlo. El pulóver que pica pero que insiste en volverse a probar, la herida del talón por un par de zapatos nuevos que no dejan de usarse, la milanesa de más. Algo de esto, casi. La molestia, la gran molestia que se trabaja por años se vuelve perla. Algunas mujeres usan collares llenos. Como un orgullo reversible: todo lo que me molesta me embellece. Las perlas de la molestia se usan como cocardas.
Kiki hace un bizcochuelo, lindo, esponjoso. Lo gira como un globo, lo fiscaliza – está caliente – piensa. Le pone una servilleta para las moscas y lo deja enfriar. Escucha el ruido de las llaves. Es su marido.
– ¿Puedo? – pregunta él.
– Sacá la mano. Es para el té de esta tarde.
– ¿Está tarde?
– Te dije el jueves. Ves que no me escuchás.
La oreja es el órgano más misterioso. Las cavernas, los martillos y los repulgues de empanada. Hay una tapa que iría ahí pero se le perdió a Darwin: la oreja no se cierra. Todo entra. Si tuviera tapa la humanidad hubiera aceptado de mejor gana que no se puede todo. No habrían edificios babilónicos, ni maratones, no habría un auto estacionado en la luna. No tendríamos que ir tan lejos para decir: “No, no se puede. Peguemos la vuelta”. Una oreja con tapa terminaría todas las guerras. Norberto José Catapano cierra la oreja cuando Kiki habla de sus amigas, de los hijos de sus amigas, de los maridos de sus amigas. Ella agrega una perla más a su collar.
El mantel del té se guarda en un cajón distinto al mantel de batalla. Se lava cada vez que se usa. Kiki pone los platitos, las servilletas y los cubiertos de postre que le regaló su tía para el casamiento. Kiki no cree que Gamuza sea un nombre distinguido para una marca de cubiertos, la palabra le hace ruido. Mira el cuadro y se limpia las manos en el delantal. Se da cuenta que tiene que ponerse sus galas.
Existen las mujeres que cocinan tortas y las que las compran hechas. Sobre estas últimas Kiki siente cierta envidia, cree que comprar una torta es ser una mujer sumamente independiente. Decide buscar el bizcochuelo, saca la servilleta y lo presenta como un conejo sacado de una galera. Las vecinas se mezclan con sus amigas y una de sus primas, todas sentadas encienden la boca y la felicitan.
La conversación se caldea entre estas mujeres y llega al tema de los maridos. Una de sus vecinas agarra su taza, clava los dedos en el asa y dispara.
– Conocí un hombre – donde conocer es acostarse (bang) y hombre es distinto de marido, (bang, bang).
Kiki huele la pólvora. Escucha como la novela de esta mujer recorre hoteles furtivos, una esposa engañada, un congreso al que nunca fue. Esta mujer trajo una torta comprada.
El hombre del hotel no es distinto de su marido. Este hombre va a ser, si existe tiempo, una suma de cosas que no da, un lista de cosas que no tiene, un aburrimiento. Es un fósforo consumiéndose. Y la serie de hombres hacen un patchwork interesante para esta vecina, escribana, dos hijos. La molestia igual arma una perla arenada. Kiki siente la sangre hervida, la mataría con sus productos de limpieza, la dejaría virgen de vuelta.
Norberto José Catapano estaciona su auto, duda mirando fijo por la ventanilla y decide bajarse. En la vidriera hacen fila las motos, una al lado de la otra, escalonadas. Merodea y entra. Pregunta por una que le gusta, le parece cara, se sube igual, el vendedor la enciende y le explica qué tiene. Norberto José Catapano se asusta pero no dice nada. El olor a humo le parece veneno. Se baja, la mira asintiendo, entendiendo lo que no se entiende. Le pide al vendedor que le anote el precio y las opciones de financiación. Se dan la mano.
Sale del local, camina hasta el auto y mira el papel que le acaban de dar. Lo arruga, lo aprieta en las manos y lo tira con el pulgar, como se tira una moneda. Norberto José Catapano vuelve a su casa y se da cuenta que no tiene las llaves.
Kiki saca la ropa mojada, la cuelga en el tender. Hay camisas, calzoncillos, las medias van abrochadas de a cuatro. Es una bola de tela, cuando la separa y la abrocha quedan los cuerpos colgados, van y vienen, son fantasmas. Está la ropa de él al lado de la de ella, en una parte no se distingue de quién es qué. Kiki apoya la cabeza en la ropa mojada, cierra los ojos y siente la ropa húmeda en la cara.
En la cocina hay una gallina de mentira con huevos, hay flores en los azulejos. Toma la pava, la llena, la pone al fuego y espera. Se hace un café con leche, lleva galletitas y se sienta. Mira la tele apagada. No es Furriel el que toca el timbre.
