No creo que vuelva. Y esto es porque el turismo tiene un alma xenófoba. Más o menos discreta, con más o menos entelequias que la disculpan. Un turista tiene el asedio del origen, tiene la medida de lo oriundo. Un turista viaja, se empapa, con suerte, decora con chantilly el diario de los lugares que visitó, pero nunca deja de volver a casa. No volver es renunciar al turismo. Si el destino es un rapto tan soberbio ¿por qué rasparse alegremente contra las sábanas propias cuando se vuelve? ¿Por qué el suspiro satisfecho?
Viajé a Chile este verano. Me gusta Chile, es un esófago. Cuando era chico mi órgano favorito era ese. Tenía un libro de anatomía que definía los órganos del cuerpo como máquinas. Podría llamarse La Máquina del Cuerpo. O no. Si el mundo fuese una máquina, Chile sería el esófago. O el recto. Confío en que Dios es un murciélago que ve al mundo boca abajo.
Tengo un auto verde, tiene muchos nombres que le voy dando al paso que me enamoro. De un auto me enamoro muy fácil. Calabaza, Limón, Aceituna, Isótopo. El color de mi auto es radioactivo. Radioactivo es una propiedad, no es un color, pero un color sin propiedad es aburrirse hasta la muerte. Ningún auto es verde solamente, salvo que sea solo un auto. Solo un auto es la realidad, tan real como que Chile no es un esófago. Ni una bufanda. Ni un paréntesis. La muerte, aburrirse hasta la muerte, es la obra cumbre de la realidad y no tiene propiedades. En las antípodas de la realidad están los catálogos de pintura. Son colores con nombre y código numérico. Rosado Mozart. Arena Imperial. Azul Éter. Sherwin Williams se coge de parado a Oliverio Girondo, tranquilo.
Horcón es una caleta, una caleta es una cala chiquita. Una cala es un pedazo de algo que se corta y se saca. Una cala de sandía, o de tejido, o de tierra costera. Horcón es un montón de casas de chapa amontonadas alrededor de un corte en el pacífico. Es un pueblo de pescadores y yonquis, de pandillas de perros sodomitas que ejercen como la única policía del pueblo. Los perros y un puesto en la costa con un paco solo. Solo y malo.
Llegamos cerca de las siete de la tarde. A medida que manejo las calles se angostan, se empinan y se reducen a un solo carril que, si pudiera, daría al interior de una casa, a una mesa con una empanada de pino. Todo se achica y se desnuda. Cuando no se puede avanzar más ya es la feria del pancho, del comercio ambulante, de los mesones llenos de pescado. Una mujer me apura para que avance, me dice que si no me muevo van a venir a multarme. Me imagino un cangrejo con charreteras que porta arma y formulario. No hay manera de ir para atrás, lo que molesta la estrategia de cualquier fobia. Una fobia es un baile alrededor de un miedo que quiere volver sobre sus pasos. Es un poder que tiene la fobia. Es la inteligencia de los caminos de retorno. Las fobias engordan el turismo porque los turistas siempre vuelven a casa. En Horcón todo queda para adelante. Hay que bajarse del auto y caminar. Caminar hasta perder las ojotas.
Tenemos que encontrar a Patricia. Patricia que alquila la casa. La casa azul de madera que encalla en el medio de la caleta. La llave hay que buscarla en lo de Alejandro. Alejandro es El Cabañero. Es el señor que vive de las cabañas. Alejandro El Cabañero se enoja fácil, no se lleva bien con tener que repetir las cosas. Me explica un sistema imposible para estacionar el auto. Tengo que dejarlo bloqueando la salida de alguien que ni él ni yo conocemos para que, cuando aquel quiera irse, Alejandro me busque y yo corra el mío. Alejandro es un optimista que cree que me puede encontrar siempre que quiera. Después de pedir que me explique por tercera vez me rindo. Hago lo que él quiera, soy un turista babeando toda mi incompetencia a sus pies.
Él nos muestra la casa de madera donde vamos a quedarnos. La casa es de un alemán que vive del negocio de la nada. Vive en Horcón por dos semanas al año, después se aburre y se devuelve. El alemán es un turista y el turismo es un vicio fuerte en Alemania. Alejandro El Cabañero nos dice que entraron a robar dos veces el año anterior. Es su bienvenida, su recepción con suspenso. Lo primero que veo es un libro sobre hombres lobo de un tal Michael Chabón. Sí, Chabón. Warewolves in their youth. Los ladrones no tienen sensibilidad kitsch, no se lo llevaron. Alejandro El Cabañero introduce cada uno de los cuatro pisos de la casa. Al final, mirando desde el balcón, le pregunto por Playa Luna, la única playa nudista de Chile, la playa que queda justo en Horcón. Alejandro El Cabañero me dice cómo llegar, la distancia, me habla de un montón de medidas geográficas. Muy preciso. Siento que estamos teniendo una conversación muy elíptica hablando de todo lo que hay alrededor de la desnudez sin entrar en lo fundamental. Dejo de dar rodeos y le pregunto. Me explica que antes de llegar hay centinelas que piden el desnudo total. Mirar y ser mirado.
Horcón tiene una playa vestida muy modesta, tendrá diez cuadras. A lo largo de la costanera hay puestos de comida, Entretenciones Montecinos y en el remate la feria de artesanos. Todas las ferias de artesanos son la misma feria de artesanos. Son el argumento más rotundo de que lo global es el imperio de lo local y no al revés. Es el mismo folklore de los collares revisitado en cada feria, eso que tendría que ser el estandarte de la cultura regional es la mayor franquicia accidental del planeta. Es el mismo pullover de lana cada vez. La tarde que llegamos tomamos mate en una piedra y la conversación degrada en comprar lotes de tierra. Todos llegamos a los 30 y el único negocio que un analfabeto como yo puede leer es el inmobiliario. El resto del comercio es para mí un Meccano 10.
En la casa somos seis personas. Van a venir más y yo en unos días me voy a ir para no volver. La primera noche preparo fideos con salsa lista. La salsa arruina todo lo que toca. Es una boloñesa derivada del petróleo. Algunos son astutos y compran empanadas de bicho en los puestos de la playa. Después de comer nos dedicamos a la xenofobia del turista. Nos divierte el canto fino y llorón del acento chileno. Las palabras con “ch”. En el gaseo de este Auschwitz, armo un personaje de un zátiro chileno que carga de sexo todo lo que dice. Seduce sin mucho artificio. Lo bautizamos El Pelvelso. Mi alter ego va a insistir toda la temporada hasta ser un clásico personal. A todos nos llega el sueño. Abro mi sofá cama, reviso si hay arañas y me duermo.
En la mañana me despierta un relincho. Abro las cortinas y lo veo: un caballo en el mar, nadando. No lo veo nada hábil, el cuello duro saliendo del agua. Pienso que se está ahogando. En la costa los barcos de pescadores con gente mirando de brazos cruzados. Salgo al balcón y hago nada. No veo que nadie haga nada. Desde la playa un barco es tirado por sogas y entiendo: el caballo es un remolque.
Me apoyo en la baranda y miro la extensión del pueblo. Una gaviota tuvo crías en el techo de abajo, el padre vuela en círculos alrededor y más arriba todos los pájaros boquean ese sonido áspero que pide pescado todo el día. Justo debajo de la casa, a unos diez metros, veo el patio del vecino. Me saluda mientras fuma marihuana sentado en un banquito, rodeado de la mugre que baja de balcones como el mío. A la izquierda casas derretidas, todas de dos pisos, casas que son cajas de fósforos. Hay una con una puerta que da al vacío. Todo es de madera con ángulos chuecos, hay tendederos con toallones de tigres de bengala, paisajes lunares, siberianos. Las veredas trepan el monte con gente que no va a ninguna parte, que circula en redondo. La gente está rota, abiertamente rota. Hay una iglesia con una virgen que en altura y cifosis ya es una gárgola. En la calle central se eleva la gloria: un cartel inmenso de un pancho con palta. No hay panchería, no hay letras, es un monumento único. Lo miro fijo, es un aleph. Los condimentos me queman los ojos. Y entonces me atrapa. El pueblo por fin me arrebata. Me agarra de la garganta, me tira contra el piso, me arrastra por la arena, por la calles en escalera, por las ojotas de pescadores, por los tacos de matronas vestidas para el casamiento, por las sandalias de quinceañeras de satín. Me revuelve la cara, me perfora las orejas hasta que las descorcha: acá las cosas faltan, acá todo lo que falta se ve claro. Está abierto, panza al aire, todo el pueblo está derrumbado y se puede ver. Yo lo veo y me quema los ojos. No es la miseria que pretende para sí otra cosa, una gloria futura, y se barre a sí misma debajo de la alfombra. No es el pobre con ideales voraces corriendo lejos de su carencia. No es un gato asustado. No es tampoco la miseria orgullosa, el nacional socialismo del gasoil, del sindicalista petulante, no es la cumbia antónima celebrando el odio de clase. No es el día del trabajador, no es la clase media conceptual odiándolo todo. No soy yo con mis prejuicios, mi turismo, no es mi sala de mapas con todas las medidas trazadas desde la ciudad de origen. Acá las cosas están a la vista y es todo lo que hay: un pueblo sin prototipo previo, un pueblo sin utopía última. Desnudo. Las cosas acá se mueven para nada en particular. Horcón es una idea que se basta a sí misma y ahí queda. Tarde, lento, lo entiendo. Bajo a la cocina y me hago un café con leche. Buen día a todos.
En el día vamos a una playa cercana, se llama Cau Cau. Todavía no está quemada por el gran público. Trepando la punta de la playa, pasando un bosque en pendiente, hay un acantilado donde el mar muestra la hilacha violenta. Es como un secreto: en la playa olitas, detrás del biombo de roca, un golpeador. Me siento en el borde a ver como la masa de agua se revienta contra las piedras. La paliza no para nunca, y después de un tiempo de sugestión termino yo golpeado, vuelvo a la playa como un pulgón minúsculo. Es evidente que estoy cada vez más lejos de casa.
Las noches las pasamos tomando porquerías, fumando flores, todo es muy divertido, no lo niego. Pero afuera de la casa de madera está esa declaración de principios. Esa que me revolcó por el pueblo en la mañana. Me invita cada vez que salgo al balcón y miro el agua, la luna, el borde de luces que duran unos kilómetros y se apagan. Allá cerca es. Estoy, pero cada vez estoy menos. Al cuarto día les digo a todos que me voy, ya me quiero ir, no quiero ser más turista. Es mediodía, me despido de todos y hago memoria. En el recuerdo están las direcciones de Alejandro El Cabañero. Dejo las ojotas a medio camino, las dejo para perderlas. Al llegar, me piden que me saque todo. Bienvenido.



