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LA GRASA DE LOS BARRIOS

Sátira que plantea el paralelo entre el Barrio Bancario y sus oriundos. Después de un rastreo histórico dudoso se interna en la epopeya que supone retirar un disfraz del hombre araña. La costumbre plana, el pegote de Enero y un peinado sueco hacen serie o su contrario.

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La adherencia que tiene la tierra, la boligoma que pega y no se ve, una transparencia que es perfecta en el origen y que después se va llenando de pelitos, mugre, esquirlas de playmobil. La mugre que edifica personas, que va desvirgando sin amor las cabezas como barro. El barro que es el barrio de cada cual, que es el pegamento local, la resistencia y el obstáculo con la que uno sale o se queda.

Yo nací en el Barrio Bancario, y años después volví al mismo lugar, puedo decir que no me moví mucho en la vida, que me muevo poco, que me detuve. Hacer una defensa pachamamezca, vendimial, de esto sería de lleno una mentira. No me fui porque me adhiero a las cosas, como un moco fiel, como la resistencia de esos caracoles ya liquidados, como el fósil y la forma que conserva. Soy un amonites infinito.

Este lugar fue un baldío abyecto mucho tiempo, millones de años atrás, uno de esos dinosaurios aburridos, uno de esos herbívoros mojigatos abonó la tierra, creció una margarita y un helecho. Una langosta viajó varios kilómetros para morirse acá. Fue una muerte sin ruido. No hubieron ríos, ni meteoritos, ni habitantes originarios, alguna vez esto fue mar, de ahí venimos todos, de la sopa instantánea de Carl Sagan. De ahí también vienen los amonites. Y antes de eso venimos de la paja de Dios. Más acá esto fue una viña, fue una familia de italianos, un abuelo de un abuelo, todo colorado comiendo tortitas en una mesa de madera. En un momento llegó Perón manejando un cuatrimotor, se bajó a estirar las piernas y en la clave poco sofisticada de su filiación nombró el lugar "Barrio Evita". Algunos nombres crean imperios, este nombre creo chalets de tejas francesas. Un barrio hecho de siesta, empeñado en repetirse a sí mismo, de uniones vecinales centinelas que fiscalizan que las casas sean de hasta dos pisos, fascinadas por la idea del barrio jardín. Residencial, techos media agua, lleno de cucarachas con humos imperialistas. Este barrio es el barro del que estoy hecho entonces, un barro empeñado en sostenerse tal cual. Este barrio bien podría ser el infierno porque no para de repetirse, con esquinas calcadas, casas customizadas que se duplican cuadra a cuadra, familias de esquina vueltas mercaditos. En el 85 hubo un terremoto en este lugar, en la falla geológica que une el Bancario con el Ashbury de San Francisco y el verano del amor; que une mi casa con los Grateful Dead. El barrio salió ileso. Un samba de viejas, un florero en el piso, treinta perros premonitorios ladrando unos minutos antes. Nada.

En este barrio existen muchas mujeres a medio caminar entre la esclava electrodoméstica de mediados de siglo y la ejecutiva Armani de "Propuesta Indecente". Ese eslabón en general se dedica a algo que pueda hacer en la casa pero que a la vez la saque a la vereda, o traiga la vereda a su casa. Una peluquería con afiches de modelos lavados por la lluvia, costuras menores, preparación de alumnos vaporizados. En este caso la mujer que visité hacía disfraces. Yo tenía la tarea de retirar uno del hombre araña para mi sobrino. Era Enero, días antes de Reyes, minutos antes de las cinco. En la puerta una cabeza de Mickey hecha de cartapesta, estaqueada como lo haría un jíbaro y la leyenda: “Disfraces Susana”. Toco el timbre y espero recorriendo esa cabeza fabulosa. Aparece Roxette, pero ahora. El pelo corto, cincuenta años y una sonrisa hackeada por la nicotina. She’s got the look, me digo a mí mismo.

– ¿Sí?

– Yo hablé por teléfono más temprano, vengo a buscar el disfraz del hombre araña.

– Tené cuidado con la puerta, la diseñaron para un enano – me dice mientras me hace pasar. Pienso que debe ser de esos comentarios que no se cansa de hacer. La reja es baja pero no para tanto.

El living es oscuro, generoso y amontona pilas de telas, animal print, lunares, mucha mugre. La mujer busca en otra habitación y trae un bolsón de supermercado con la piel secreta de Peter Parker. Lo saca y se pone a explicarme cada pieza del disfraz. El tono es relajado, recién se despierta.

– Estas son las botas, ¿ves? – me dice y yo veo – la tela es jersey así que cede.

La mujer se pone los guantes. Pienso qué cómico que alguien me explique cómo se usa algo tan simple como un guante. La acompaño interesado mientras saca el entero de Spiderman. Miro lo primero que hay que mirar y esto es el logo. Evalúo cuán exacta es la araña. Esto divide aguas. La araña es terrible, parece una vaquita de San Antonio. Asumo que va a ser algo que nos va a hacer reír cuando se vea puesto en mi sobrino.

– Ah muy bien – le digo queriendo decir lo contrario.

Aquí el clímax. Toma la máscara, le pasa la mano para estirarla y se la empieza a probar. En ese momento estoy con Roxette, en un living del Barrio Bancario, y ella lucha por ser el hombre araña. Trata pero no puede, la máscara no le entra, tiene una cabeza inexplicablemente grande. Noto lo que no había notado antes y esto es el tamaño del cráneo. Pienso por un momento que ella misma debe haber sido un enano, pero creció y el resabio imborrable fue la puerta de rejas. Los disfraces no son de niño, son de enano. La mujer hace fuerza, el jersey cede, claro, y me encuentro enfrente del hombre araña. Nos miramos un rato, en silencio. Es raro que se la deje puesta. Se saca la máscara. Roxette enana despeinada. Suspira y yo no aguanto más. Me río abiertamente, toda la etiqueta se desdibuja. Ella debe pensar: “me puse una máscara delante de alguien que no conozco”. Ella se ríe también, pero es cortesía. Le pago cuatrocientos pesos y pienso esto vale mucho más. Mete las botas, los guantes, todo en el bolsón. Lo tomo y salgo.

– Cuidado con la puerta, la diseñaron para un enano – me dice mientras me voy.

© 2020. Diego Vilariño. Todos los derechos reservados.
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