Como todas las desproporciones, empezar el gimnasio fue una idea del insomnio. Del verano y de la trasnoche en el colchón, incómodo como los resortes de mi Simmons sin rectificar. De las sábanas viejas a punto de fisurar. Del cuerpo cada vez más cerca de ser fiambre.
– Mañana empiezo el gimnasio – me gustaría haber dicho en la negrura de la habitación. Mi mujer dormía como duermen los perros de terminal, en el cordón de las dársenas, con sabiduría milenaria, como una garantía lacrada. La hubiera despertado para contarle, mover ese animal blando, estropearle el cálculo de que a esa hora en ese lugar se duerme sin saltos, en línea plana – mañana arranco.
El entusiasmo a cierta edad deja de ser un hecho franco, directo y se transforma en una larva. El entusiasmo a partir de cierta edad es cínico, no cree en su propio resultado, lo huele y lo desprecia, lo lateraliza. Empezar el gimnasio fue entusiasmarse con algo que sabía que iba a la pila de coitus interruptus. Otro plano de un edificio solamente trazado y abandonado. Al menos eso creía entonces.
Buscar zapatillas de norteamericano, achatadas por el peso de cajas y mugre de armario. El pantaloncito corto, las gambas de margarina y esas remeras que en las castas de las remeras están solo un escalón más arriba de las de dormir. Vestido frente al espejo me odié profundamente. Me sentí un niño chico y triste. Me acordé de la frase que escribió el Bambino Veira en una pizarra, cuando empezó el campeonato que San Lorenzo ganó en 1995 – Ojalá sea nuestro año – Distinto de mí, el Bambino tenía una musculosa Penalty muy canchera.
Pensé entonces que ser hombre era sofisticar todo lo que en un niño está mal dicho, mal escrito, algo como lo crudo y lo cocido. Ese día hice el compilado de música que iba a llevar al gimnasio. Busqué una lapicera y doblé una hoja de computadora. La lapicera en la frente, uno, dos, tres segundos.
Track 1: “Eye of the tiger” de Survivor.
La chica del gimnasio, la del mostrador, la que te recibe todos los días me saludó con desinterés, como si supiera de mi pila de proyectos inconclusos. Tenía una remera claramente moderna, de un color furioso, masticaba un chicle que ayudaba al cuadro de desprecio. Los chicles siempre fueron un macro de aeropuerto, eso que sólo se adquiere para que no me exploten los oídos cuando el avión empieza el descenso. La chica del mostrador me hizo llenar una ficha que preguntaba por las enfermedades hereditarias. Me acordé de mi abuelo muerto de un ataque al corazón, una mano como araña en el pecho y después el suelo. Marqué sin antecedentes.
El salón estaba saturado de un olor pesado, algo parecido al de un bolso que vuelve de vacaciones, una humedad de clausura, el destilado de los cuerpos evaporados es la esencia de la humanidad concreta, sin poesía.
El profesor de me acercó mirando un celular, lo dejó un momento y me saludó mirando la ficha.
– ¿Contame qué querés hacer? – Hice una pausa y expliqué.
– Quiero ser enorme.
Imagino los cuerpos como bichos ciegos, rémoras ciegas. Láminas hechas de terminales sensibles que viven dividiendo afuera y adentro. Mucho frío debe ser afuera, abrigado debe ser adentro. Órganos bobos de prueba, error y registro, máquinas contables. Los ojos no son el cuerpo, son de otro material, más brillante, más fascinante. Pienso en el mito del homúnculo como Koji Kabuto sentado en Mazinger, como Koji Kabuto sentado en Koji Kabuto y así como un fractal que se divide infinitas veces para adentro. Como cualquier canción aburrida de King Crimson. Por eso los gimnasios son ese lugar donde los ojos miran el cuerpo tonto, lo sobran como gatos maullando sobre medianeras repletas de perros bocones. Están los espejos que son del material de los ojos y por ahí se ayudan. Miran como el robot se choca contra la pared, gira y aprende. Por acá no.
Track 2: “Jump” de Van Halen.
Mi profesor usa demasiado su celular. Pienso que es como vivir en esos departamentos chinos para los campesinos devenidos citadinos. Vivir en el celular como vivir en los hoteles cápsula japoneses. No puedo imaginar qué se hace ahí adentro salvo ensayar ser la momia del ataúd.
El gimnasio es un lugar grande, tiene ventanas y uno puede pedalear a ninguna parte mirando el mismo escenario. Es un gesto genial, como una instalación dadaísta. En la pantalla de mi bici dice que voy por los Alpes, que subo y es más pesado y bajo con el viento frío y energizante de Suiza. Freno en una chocolatería, compro bombones, me parecen carísimos, creo en ese momento que vivir en Suiza debe ser muy parecido a vivir en Disney. La bici me felicita al final del trayecto en un inglés muy motivante. Le agradezco el interés estándar que puso en mí. El entusiasmo de las máquinas es infinitamente más triste que el cínico del adulto.
Track 3: “We didn’t start the Fire” de Billy Joel.
Pasan algunos días, el cuerpo se me llena de ácido y me duele. Después el mismo cuerpo se olvida, aprende. Mi mujer me miente y me dice que me ve mejor, más derecho, más grandote. Yo decido creerle. Ella está en esa edad donde las mujeres se cansan de tratar de entender qué son y deciden tener hijos. Un niño que es la solución y que a su vez carga con la tarea de decirle a su madre qué es. Hablamos de tener un hijo. Yo no estoy de acuerdo pero es algo que no sé todavía. No lo voy a saber hasta que mi hijo ya sea enorme, me mire como a un puma apestado y me odie con todo su cuerpo bobo, lleno de ácido. Pienso un rato sobre un hijo hipotético, largo, leptosómico, una especie de humanoide de Roswell. Me doy cuenta que no puedo pensar en un hijo todavía.
– El médico me dijo que empiece con el ácido fólico – me explica.
Miro la tele y no le contesto. Pienso que es claro que me voy a separar de esta mujer, soy un niño chico y triste, uso pantalones cortos. Me siento un asesino frío mientras miro la tele. Ella se queda en silencio un rato largo, se fija en mi cara ausente. Suspira resignada. Una célula de mi próstata se reproduce y se detiene, no lo siento porque el cuerpo es bobo pero años después eso que paró se va a volver a poner en marcha y voy a ser un japonés muerto en un hotel cápsula. Mi hijo va a tener sentimientos encontrados con mi muerte.
– ¿Pedimos algo para comer? – le digo y pienso en un hijo como un lomo completo.
Track 4: “Take on Me” de Ahá.
Ya pasaron 3 meses desde aquella noche iniciática de insomnio. Estoy durmiendo mejor, me siento extrañamente más alto, he ganado tecnicismos grandilocuentes para referirme a los ejercicios. Cada vez que leo mi ficha pienso que soy un acróbata terriblemente serio, pero de una seriedad barrial, que presenta sus hazañas a un público de peatonal balnearia.
– A continuación voy a ejecutar un press banca inclinado seguido de un dorsal por dentro para terminar con un vuelo lateral con mancuerna – digo mientras una madre con su hija se retira del público. Monedas hacen cling en una lata de leche Nido.
Las paredes de mi gimnasio tienen afiches del cuerpo humano, es el ojo mirando y nombrando las tripas, los huesos, las venas. El que más me gusta es el de las lesiones, muestra el tobillo esguinzado, los meniscos rotos, los desgarres. Cada lesión está ilustrada en un realismo mal llevado, que es quizás la condición de todo realismo: intentar algo que no llega a la fidelidad del ojo. Las desproporciones en el dibujo son sutiles, expresiones de dolor que no son tales, malas formas. Trato de imaginarme cómo habrá sido el encargue de estas ilustraciones, la mañana en que llevó los originales, el dibujante mirando finalmente cómo quedaron y pensando: “no tengo ningún talento”. Su empleador asintiendo en silencio.
Track 5: “The Final Countdown” de Europe.
Estoy de nuevo en mi cama, mis sábanas son las mismas, hay un tajo generoso en el costado en el que dormía ella. El colchón asoma como un chinchulín de realidad y no quiero tocarlo. Duermo solo, ella se dio cuenta que era un niño de pantalones cortos. Se llevó objetos que no valen nada, un sillón, el hornito eléctrico, una estantería vacía. Pienso en ese momento que la tristeza del día radica en que cada cosa valga lo mismo, intento hacer un análisis de la frase “todo por dos pesos”, que todo valga dos pesos, el intento me deprime. Antes no dormía por tenerla, ahora porque se fue. Tengo la sensación de que dormir quizás no tenga que ver con ella y siento que triunfo sobre vaya a saber qué rival. Los días pasan y me voy olvidando del peso de su cuerpo ciego, en la cama. La piel y el olor a jabón. No quiero tocar lo que hay de colchón y hago un arco extraño en la cama. Siempre fui un acróbata del sueño.
Ya llevo un año en el gimnasio, saludo a bastantes personas, las mismas con las que he tenido conversaciones discretas, muchos chistes sexistas, rugbiers con pequeños accesos paidofílicos, mirando niñas de doce años, buscando complicidad. Aunque nunca respondo, la grasa se les escurre como un fluido impostergable. Se habla mucho de autos y de futbol, como en cualquier lado. Sigo teniendo la sensación de ser un extranjero, pero ahora me imagino radicado, a fuerza de repetición, como si todavía guardara un fuerte acento delator, pero querible, el extranjero querible que todos saludan. Hi Mike, let’s make empanadas.
– Serán las zapatillas – pienso.
Tomo mi ficha, preparo mi acto, le doy play al aparatito. Me miro en el espejo, el ojo mira el cuerpo, inflo el pecho y digo en voz baja:
– Estoy enorme.



