Apareció frente a él sin anuncio, sobre la mesa. De pelo corto y desprolijo pero respetando la forma flotante de un cráneo ausente. León se sostuvo perplejo. Era súbita, ahí delante, sin más. Fue el tiempo incontable del rapto, porque sobre eso no hubo crónica ni número. La frase vino en pendiente, frente a la inmanencia dijo en voz alta: “es una peluca”. Lo dijo esclarecido, sin auditorio que lo escuchara. Solo él y la peluca.
León caminó alrededor de la mesa. La examinó ahora que tenía nombre y distancia. El cuero del que nacía la melena se filtraba a la luz, y junto a la distribución en línea de los mechones aseguraba su jerarquía de postizo. Como todo intento fidelísimo de recrear un hecho natural devolvía como efecto el simulacro. Era el castaño sintético de las muñecas, avivado por el roce de su empleo. No había duda de que esa peluca tenía dueño y usufructo.
Ubicar que ésta era el vestido de alguna cabeza, pensar en su portador, inquietó a León. Se tomó del cuello y se tapó los ojos. La esperanza era que el espectro lanudo fuera un desequilibrio de los sentidos. Ahí donde una alucinación pudiera dar la paz que ofrece la enfermedad y su diagnóstico.
Cuando abrió los ojos la peluca seguía enfrente. Era inconmovible y aunque parecía estática, León sospechó que los pelos se movían. La peluca podía estar viva. Fue hasta la cocina y buscó un cuchillo. Cuando lo empuñó sintió que el cubierto era un arma enana, podía saltar y atacarle el brazo. Bajó por los cajones y encontró un pincho de brochette. Parrillero. Volvió a la sala y lo estiró frente a la peluca. Temblando, le gritó como gritan los gorilas, desde el estómago, escupiéndolo todo. La empuñadora era frágil y al arremeter contra ella resbaló el pincho sobre la mesa. León tropezó y sus manos tiraron la peluca a lo oscuro del living.
Ahora no podía verla, ni saber si se había movido ¿Acaso la criatura se habría arrastrado debajo del modular? ¿Esperaría agazapada para la embestida? León podría haberla molestado con su atropello. Sin la garantía de la mirada, la peluca estaría tramando su revancha. León fue a la lavandería y tomó la escoba. Al volver vio que el pincho había caído al suelo y sospechó que la peluca intentaría armarse de él. Queriendo alejar la ventaja del arma yaciente, León lo barrió sin inteligencia, a cualquier parte. Se arrodilló en el centro del living y con la escoba al ras empezó un rastrillaje atolondrado. Las patas de madera sonaban con violencia y replicaban su agonía en la sobremesa de vidrio. Era un sonido horrible. La agitación devolvió una ojota sin tiempo, cubierta de pelusa, dos chapitas, pero no dio caza a la peluca. León frenó la ofensiva y en la sala se escuchó el ronquido de su pánico. Sentado sobre sí, se sostuvo del respaldo de la silla y se asomó por debajo del brazo, ya sin esperanza. Y ahí la vio. Casi rozándolo, la peluca. El error de cálculo lo dejó a merced del asalto, podía treparse fácilmente y hacerle lo que sea que hacen las pelucas. Mostrar la peor intención. León no se movió y ella tampoco. Como la clemencia de los lobos por los lobos, el desenlace quedó en suspenso.
Se tomó la cabeza y apretó los dientes. Estrujó su propio pelo y al hacerlo la revelación le recorrió el cuerpo. Insistió en medirse con sus yemas, la densidad, el corte, todo coincidía: su melena, chata, aplastada por el uso, era idéntica a la peluca. León supo entonces que la había usado desde siempre. Que él era el dueño y que al usarla, por debajo de ella, no hubo otra cosa que su copia exacta. O viceversa.
León la tomó entre sus manos, la acarició como se acarician las mascotas cuando se ha decidido lo irrevocable, y se despidió. La llevó junto a los restos del día, en una bolsa negra hasta la vereda. Espero al camión y lo vio llevarse el paquete. Percibió la tristeza reeditada de los dientes de leche.
De vuelta en su departamento, León tomó una ducha. Mientras se enjuagaba sintió por primera vez la materia viva de su pelo limpio. Estuvo un rato largo masajeando la cabeza, recorriendo la novedad de su trama, satisfecho con cada ápice. La sonrisa era plena y en el espejo, detrás del vapor, León ya no tuvo qué ocultar.
