30 es un número. No sé cuánto número es. No sé todo lo que cabe adentro del número ni cuánto tendría. Mi alma, ese vapor ignífugo, es un alma vieja, es un inquilino al que por fin alcanzo y le cobro toda la deuda. Siempre tuve 30, los años redondos. La edad es algo a lo que nunca me acostumbré, por más años que viví cumpliendo y esto es porque la edad nunca es una costumbre. 30. No sé cuánto número es, no sé todo lo que cabe.
Yo el forro pinchado, el colado, el horror de cálculo, yo la noche que noqueó la menopausia de mi madre que ya tenía arriba de 40. Cuando nací gritaron porque era varón, fui el orgullo sexista de mis hermanos. Quebré la siesta como una galletita de agua. Hablé antes de caminar, hablé con la voz de un elefante, hablé lo que hablan los elefantes porque yo era uno, en medio del páramo, en medio de una horda de chimpancés con pantalones que me pedían que hable. Y yo hablé, pendejo obediente. Un mono es siempre un pariente. Hablar las palabras, molestar el paladar con la lengua, el aire atorándose con estilo: las palabras son una forma muy fina de asfixia. A los 3 fumé los puchos apagados, tirados, pisados de los obreros, fascinado por la fragancia del cáncer, una mano en el bolsillo, ya tenía 30 años pero todavía no llegaba.
Yo que no siempre tuve miedo, jugué en los bordes de la acequia al abismo con mi Fisher Prize, prístino Evel Knievel. Frenaba antes de caerme y miraba la cara de espanto del público, los monos horrorizados gritando mi nombre. Un mono es un pariente cercano. El miedo primero es del otro, y después se hereda. El miedo es una transfusión.
Yo que desnudé a mi vecina y ella a mí, y miramos la irremediable distancia de la anatomía, el muro de los sexos. Cada mujer desnuda es una vecina, cada mono es un pariente de sangre directa. Yo que descubrí la vergüenza después de descubrir a mi vecina.
Yo tuve la mochila con más bolsillos de primer grado, la elegí para el Guiness local. Llena de cierres y botones tipo clip, tenía que separar cada cosa en un saco distinto. Había que dividir, desmezclar, las fibras, el papel araña, azul, rojo y verde: lengua, matemática e inglés. El baño de varones, el de mujeres, el curso después de la puerta, el banco con una línea que lo atravesaba y no dejaba que los codos se toquen. No me toqués, no te toco, toco el aire. El cuaderno de comunicaciones comunica la vacuna para todos, no dice nada del frío incendiario de la inyección que nos cubre como una frazada. Todos vacunados. La roncha que con los años se mueve, la piel se estira y mueve las marcas, era acá pero terminó allá. Ese día sentí que era gigante, que tenía 30 años, pero todavía no. Faltaban las letras, en el pizarrón, todas las letras, las veía de lejos, yo en la última fila, yo el más alto del curso, yo el enamorado de mi compañera de banco, la más alta de ellas y una línea entre los dos: que no se toquen los codos, no me toqués la roncha, no te desnudes que no te entiendo. Yo varón de azul, ella de rojo es mujer. Hay que dividir con el uniforme, aclarar lo que hay debajo, aclarar lo que es clarísimo si desnudás a tu vecina. Pero que no lo entiendo, todavía no la llevo a raspar mis sábanas, todavía no le toco una teta. Hay que tomar distancia con el brazo firme, uno atrás del otro. En la fila yo soy el más alto, detrás mío la nada, nadie toca mi hombro. Yo el último. Tenía 30 pero todavía no, no alcanzaba.
Yo el pendejo obediente, el rubio taza insigne, el encantador de vicedirectoras, todas gatos obesos que me muestran la panza para que se las rasque. Y yo rasco. Sé dónde están las ronchas de todas esas maestras con peinados del infierno, esos rulos flambeados con sopletes reposteros, las víctimas de los coiffeurs del ácido. Ronronean como heladeras. Me muestran todas sus letras, me escriben mi libreta de calificaciones con palabras gigantes que desbordan los márgenes, que inundan el living de mi casa y mi mamá llora porque soy abanderado. Soy una paloma inflada, soy mi propio precipicio. Todo abanderado es una suprema rellena, doble rebozado, Maryland al plato, un renacuajo: pura cabeza. El himno siempre me tienta, con la bandera erecta, siempre me quiebro en los logros que supimos conseguir. Con-se-guir. La palabra se repite como un orgasmo irónico, falseado: “sí, ajá, conseguir”. Y coronados de gloria vivamos. Cómo no ser un país de pajeros narcisistas, que por ombligo tienen un obelisco, una fábrica de chacinados, con la nostalgia embutida en la corona, borrachos fascinados con Volver al Futuro. Pero la uno. Nunca fuimos nada rimbombante, pero habría que creer que sí. Está escrito en el himno. Yo con la risa apretada en los dientes, oxidando los brackets que todavía no son status quo, todavía falta. Que me dan vergüenza, la boca de lata, me traban la cara para siempre. Si no me tentara tan fácil tendría 30, pero todavía no llego, se escapa el fantasma por los pasillos del colegio. Y lo persigo.
Yo el niño que dibuja árboles para mis compañeras. Yo me gano el afecto dibujando árboles ordenados que tocan una cuerda en el hipotálamo de mis compañeras. De las que van a ser mujeres, en esas lo que trazo las traza. Las otras quieren mis árboles porque escucharon la cuerda en su amiga. Tling. Esas van a boyar lindo de grandes, buscando pirulos que les tapen los agujeros en vez de hacer poesía inédita con lo que les falta. Esas no tienen nada después de que se desnudan. Esas van escuchar lo que el novio escuche y a veces el novio escucha pochoclo, la vida diabética. Yo dibujo árboles: mi secreto es ir dividiendo las ramas, hacerlas cada vez más chicas, afinarlas. Devolver la buena forma de un brócoli.
Yo el pendejo que baila lambada con una rubia sodomizadora. Bailo con las manos haciendo firuletes sin rumbo; bailo, lo que mi coordinador de viaje de egresados me dice que baile. Tanto más obsecuente cuanto más cerca de que no hayan reglas estoy. Por favor pídanme qué quieren de mí. Esos brackets no me dejan reír. Bailo como solo bailan algunos mormones, bailo como bailan los armarios que avanzan decididos en las mudanzas.
Yo el adolescente largo, portador de todos los complejos, con el cuerpo atacado por una guerra mundial. El paquidermo esquelético. El acné es mi Nagasaki. El nerd de las computadoras, el técnico que corre picadas que se miden en hertz. Yo tuve un disco rígido de 512 megas y creí que la historia se acababa ahí, que no había más sopa que esa. Pero no, había que cumplir 30. Escribía la palabra “mono” una y otra vez, en una libreta. Mono, mono, mono. Un mono es un pariente de sangre directa. Está cerca pero no es uno, aunque uno porta su sangre y la sangre circula por la cabeza. Mi cabeza de renacuajo. Pequeño Larousse Ilustrado: ¿cómo resolver esa vecindad remota?
Un día toqué una teta generosa, una distinta de la de mi mamá. Fui escalando con la mano, haciéndome el choto y la sentí: esa bomba explotando debajo del agua, debajo del sweater, entre mis dedos. Era invierno, en el sillón de los papis de la nena, ese sillón de plush gris, amable para autistas como yo. El universo antes del big bang fue definitivamente una teta. Y después hizo pum.
Yo quise mear mi facultad, mear el edificio, quemarlo hasta las ruinas. Fui borracho una madrugada y cuando estaba apuntando una luz desde lo más profundo del pasillo me cortó el incendio. Era el fantasma de Hamlet o mi fantasma. Eran todos los fantasmas saliendo desde el fondo de la oscuridad: una linterna sin cara. Un padre. Me subí al auto y escapé como un cobarde.
Fui testigo de cómo el láser era el futuro, y lo vi terminar en un puntero impotente. Yo inventé a Manu Chao el día que compré el llavero con explosiones de 8 bit.
Metí un gol de media cancha, metí muchos goles en contra, creí que me moría el día que me partí la nuca contra una grada, jugando al futbol. Viajé en silla de ruedas mirando una radiografía irradiada por un coral de sangre liberada en mi cabeza. Fuera de control, mi cráneo un sachet de Cindor pinchado. Y sonaba The End de los Beatles, y la silla andando, las rueditas ñiqui ñiqui, la lavandina de los pasillos subía por la nariz y era lo último que olía. Creí un ratito corto en Dios, pobre cagón, mi cabeza amenazada cree en cada psicópata panfletario. El neurólogo dijo que no era nada. Que mi vida no era nada. Que todavía no alcanzaba. Que todavía no tenía 30.
Nunca fui a un telo. Percudí mis propias sábanas, las transpiré, no las cambié por meses. Las rasparon las vecinas, porque cada mujer desnuda es una vecina, separada por un muro. Babeé la almohada como un bebé colmado hasta los cachetes, en las madrugadas. Pipón pero no tanto, todavía no aprendía lo que se aprende a los 30, sobre cómo se percuden las sábanas, sobre cómo tocarse los codos en los bancos de colegio.
Yo me vestí de esqueleto, me subí a un ring inflable y fui vencido por un niño de once años, lapidariamente. Tenía 29, pero eso no es tener 30.
Un día llegué. Respiré como se respira antes de dormirse, cuando uno pacta que hasta ahí llega la vigilia. Punto y aparte. Cumplí la edad que tengo, alcancé a mi inquilino y le cobré la deuda. Un billete arriba de otro. Y borré la distancia. Brindé por ser un forro pinchado, la prodigiosa sensación de libertad que da ser un error de cálculo, que yo solo me espero para mi propio cumpleaños. Celebré el recorrido de las marcas, cómo se movió la vacuna: empezó allá y terminó acá. Y al final, cuando se van todos, levanto los vasos, me siento en mi sillón y festejo que soy un elefante solo.
