OBERTURA
Un hombre perdiendo el pelo, en fast motion, una sucesión de fotos sacadas a lo largo de veinte años, a lo Harvey Keitel en “Smoke”, pelo por pelo. Un zorro comido por los gusanos, que en un momento parece que se ríe, pero son los cachetes que le desaparecen. Perder un pedazo de cuerpo, un brazo, la libra de carne, y mirar con pavor el desmiembre, imposible de restituir. Un pollo vivo que camina los últimos pasos después de haber perdido la cabeza. La pata de araña que camina sola, en la bañadera, después de la Adilet. El salmón que en su obstinación llega al modular de la pescadería, al final del río lo espera el hielo picado y una vidriera.
El Challenger, ese terror de la maestras, la megalomanía de Cadenacci, explotando. La cámara que en un gesto de ingenuidad automático sigue uno de los cohetes propulsores, que queda a la deriva, quemando nafta. La voz en off desde la base: “obviously a major malfunction”.
Obstinar lo vivo, creer que sigue ahí, esa fe persistente en que eso tiene alguna intención todavía masculina: el pelo, el zorro, el brazo, el pollo, la pata, el salmón, el Challenger. Esa furia aniñada que cree en la sarta incalculable de superhombres, que no resigna, que no suelta ese cuadro. Correr más rápido, pegar más fuerte, tener más grande, más filoso, más perforante. La fascinación por los taladros, los obeliscos blancos, las eiffeles negras. Aún en el más completo sinsentido, la bola de escombros espaciales, en el limbo litoral, entre el cielo y el éter, la cámara sostiene ese cohete desprendido.
·1·
OBERDAN
Oberdan Sallustro encontraba paz leyendo las ediciones viejas de las revistas del futuro. Hojeaba qué cosas del mañana de ayer ya no eran hoy. Ejemplo: el auto volador. Contra toda indicación lógica, contra toda corrección náutica, el auto está forzado a volar en el futuro. Existe un imaginario que insiste en el vuelo como propiedad individual, contemplada en los 25 kilómetros de espacio sobreaéreo que son derecho de cualquier dueño de tierra. Esa columna de aire que nadie se preocupa en enrejar. Como una predicción ya arruinada por el lavado que produce el volver a lo mismo, cada tanto aparece la nota del auto que vuela.
A Oberdan Sallustro, sin embargo, la ciencia ficción le parecía pretenciosa, siempre algo grandilocuente o, en su reverso, demasiado oscura. Pensaba que Julio Verne estaba sobrevaluado, que el género era siempre algo ingenuo. Oberdan Sallustro fue entonces un adolescente escéptico, siempre solícito a devolverle realidad a las conspiraciones exageradas, cuidadoso de hasta qué límite impresentable se extendían los parlamentos de sus amigos. Era más ciencia que ficción, o era la ciencia que reduce la ficción. Algo de esa repelencia al bolazo que se empieza a ganar con los años siempre estuvo en él ya ganada. Las revistas viejas del futuro eran una prueba de eso: lo que iba a pasar y no pasó pero a la vez, por el loop editorial, por la insistencia de arquetipos que no se dejan morir, lo que en las revistas nuevas del futuro sigue sin pasar. Ejemplo: el auto volador.
Había otra entrada más en las notas futuristas que Oberdan Sallustro veía repetir: la del hombre del futuro. La intención de acelerar y hacer hablar a Darwin para adelante, de cruzarlo con un oráculo. A veces telepático, otras de seis dedos, petiso, de gran cabeza. El centro de lo que era unánime en las predicciones: el hombre del futuro será pelado. Había un sentido de triunfo algo racista en encontrar esta esperanza repetida en los artículos. Esos futurólogos que los escribían, calvos, inscriptos en esa alcurnia tan poco creíble de las universidades de tercera línea de Estados Unidos, proponían el estándar del pelado y, bueno, para Oberdan Sallustro el futuro no solo había llegado: el futuro era él, encarnado. El futuro era entonces desprender algo, era tomar al mono y afeitarlo, corroerlo con acetona. Oberdan Sallustro notó cómo quedaba fijado en las animaciones de la evolución que muestran al Austrolopitecus caminando en falso, principalmente en falso destino, como en una cinta de gimnasio invisible. Sin perder el paso, la bestia pasa a erguirse, perder mandíbula, se alarga, y muta de nuevo, gana un garrote, empieza a manejar un Peinado®. Al final, el pudor le da falda, o alguna piel de oso, una lanza, las prótesis se vuelven cada vez más sofisticadas y vemos algo parecido a un hippie de las cuevas moverse con esa misma intención original.
Oberdan Sallustro tenía algunos amigos que veía en base semanal, en general reunidos alrededor de un banquete proletario, pizza-y-porrón la mayoría de las veces. De procedencias disímiles todos sus amigos eran hombres, su Mujer Deluxe había cancelado y concentrado en sí al otro género. Era el proyecto bastante miope de erigirla como la Mujer Definitiva®, confundiendo fidelidad con exclusividad y clausura sexual con romanticismo. Él había reescrito cualquier intención de salpicón femenino convenciéndose de una utopía endeble: las mujeres pueden de hecho formar un grupo homogéneo de vaya saber que similitud, donde extraer una muestra, la más preciosa muestra, era recrear el conjunto. Entonces: Mujer Deluxe. Así las cosas, Oberdan Sallustro era fundamentalmente alguien muy obediente.
Hablar con sus amigos era subirse a una calesita predecible con la tarea imposible de embocar tres sortijas subversivas: el auto, lo femenino y el futbol. Todos aviones inaterrizables. El esfuerzo era el catálogo, la confección de la lista, el detalle microscópico que diera por fin cierre a esos tres órdenes siempre escurridizos. Digo cierre porque toda lista guarda un fin villano: la cancelación de sí misma. El móvil para el cierre siempre es el malestar que provoca la apertura y eso define a nuestro hombre: la obstinación de exponerse a aquello que odia, convenciéndose de que es eso que más ama. Era entonces un hervidero de tetas- trompas-delanteras paradas, estilizadas, eficaces. Una rotonda donde se rodean nombres, se describe hasta las lágrimas las novedades de línea de ese auto cocinado por algún francés/japonés/alemán, inspirado por otra rotonda de culos, y de nombres, como la del Arco del triunfo. Justamente: el triunfo de los nombres.
Lanza-Volpe relata a sus amigos el siguiente hecho: en la casa que comparte con su novia, en el tedio del Domingo, ella lee el título de un artículo: “Anímate a encontrar tu Punto G”.
– ¿Qué? – dice Lanza-Volpe
– Nada.
– Leéme a ver si te lo encuentro – completa sin comprender la tarea que su ironía se ha agenciado. La novia examina el artículo con desinterés y decide leerlo en voz alta. Ejercicios Kegel, divisiones sospechosas de una anatomía hecha de Rorschach, algo que suena a una precuela de Matrix: “Cérvix”. Todo en un castellano neutro que buscando desembarazarse de tabúes termina haciendo de la pija una galleta de arroz.
– “Cuando escuches esa vocecita que te repite que el sexo es un pecado, córtala con un poderoso argumento: Tengo derecho a sentirme satisfecha” – dice ella entonando la última frase como una arenga peronista. Lanza-Volpe se ríe.
– Bueno, ¿y al final dónde queda?
La mesa se pone a hablar del Punto G. Cuatro trotasexos, falsos conocedores, hablan de sus diarios de viaje sexuales. Todos son Marco Polo. Oberdan Sallustro piensa entonces en el tedio del sexo, se le viene el recuerdo de las babosas que su mamá mataba con sal en verano. Todo húmedo y los moluscos agonizando. La mamá con el paquete de Dos Anclas. Él acompañando con la mirada.
– Me acuerdo de un capítulo de “V Invasión Extraterrestre” que ponían a una mina en una cámara sellada y con radiación la hacían acabar – dice Fassioli – era algo loco porque mostraban solo la silueta y unos vúmetros que captaban los gritos.
– Viste gordo, los lagartos sí saben dónde queda.
Empieza a pulular en todos el imaginario de una mujer sin fondo, que no para nunca de coger, una mujer ensanchada, siempre solícita. Algo como la autómata de Hoffmann. Todos querían esa mujer y todos la querían lejos. Querer que esté siempre abierta para probarse una y otra vez que pueden taparla. Una campera con el cierre roto crea una costura y una pesadilla.
·2·
LANZA VOLPE
Es sábado a la mañana, es la clase de día donde el sol es una invención hippie. Es ese sol imperial, que tiene más escalafón que cualquier divinidad canónica. El sol de “qué lindo sol hace”, el sol que aparece como cada sábado pero hoy es distinto, se mira y se dice lo obvio: “mirá qué sol”. Es sábado y hay sol y hay una necesidad impostergable de tomar mate. Lanza-Volpe calienta agua, y mira la ventana apoyado en la pared de la cocina, afuera la calle, el barrio, las castañuelas de los perros en la vereda. Su novia sigue en la cama, después de un año de vivir juntos esto no pasma a nadie. Ella en la cama, él con el mate al lado, ella no dice palabra, él buen día, ella se enrolla, él pregunta, ella hace un ruido que aprueba, él espera, ella la mano, él la contesta, ella se sienta, él la vigila, ella lo abraza, él besa el cuello, ella mira con sueño, él se ríe del gesto, ella larga un montón de emes mientras toma el mate.
Hoy se come en lo de los padres de la nena. Así le gusta decir a Lanza-Volpe “los padres de la nena”, le suena gracioso, pedófilo. Ahí se ríe. Desde hace un tiempo que ir a comer los sábados es una herida sangrante. Ella dice que él está cambiado, que no es como antes. Se sienta y come en silencio con cara de ovejero con las cachas caídas. Cuando en la mesa le preguntan por el gesto, él se desentiende, les dice que durmió poco, que anoche cerveza con los amigos, que está estudiando mucho. Lanza-Volpe no puede explicar bien qué tienen esos almuerzos pero cree que después de 6 años de la misma Scalextric hay algo que obviamente se lava y se vuelve una ciencia aburrida. Hola Ricardito, beso y palmada, limpiarse al entrar, poner la mesa como escenario de las fijaciones del padre: servilletas de tela, los vasos de la misma clase, el pan en rodajas salomónicas, una vuelta, dos vueltas, 6 años. Pit stop: el color de pelo de la madre, siempre indecidible, el misterio de los tiempos.
– ¿Así que estudiando mucho, Ricardito?
– Así parece – mistifica Lanza-Volpe.
– Disculpá que te pregunte de nuevo, Ricardito, pero ¿cuántas materias te quedan?
Ella contesta por él. Es su abogado ante la familia. La nena es abogada, de hecho, titulada. Como papá. Papá tiene un estudio, ella trabaja desde hace 2 años con papá, desde que se recibió y tres compañeras vírgenes le tiraron harina. Lanza-Volpe cree que ella se exige mucho. Es un lápiz con la punta muy fina. Hace tiempo la agarraba de los hombros y la sacudía, la despeinaba como si le diera corriente. Esto los hacía reír, la última vez discutieron porque a ella la maniobra le pareció violenta. El enojo se lavó pero desde entonces él no volvió a hacerlo. No faltaría oportunidad. A todo esto, ella contesta.
– Dos, dos materias.
Después del café, Lanza Volpe quiere volver a su casa. Ella quiere quedarse. Cruzan caras con cejas, él se despide con culpa y le pregunta cuando quiere que la busque – te llamo – dice ella. El beso es en la boca pero tiene la asepsia de un dentista. Los dos tragan pasta de dientes.
En el viaje de vuelta ve dos perros atropellados al costado de la ruta. El primero tiene la rigidez de la muerte reciente, las patas al cielo, el pecho inflado. El segundo no se reconoce, no hay momia posible, el pelo es una alfombra sobre el pavimento. Lanza Volpe dice en voz baja Kalpakian pero la ironía no tiene pista y se rompe enseguida. El dolor es tan puro que en el semáforo abre la puerta y vomita el café, la salsa rosa y el mate, todo junto. Un hilo de agua le cae de la nariz y no se sabe si eso es un llanto de incógnito.
El departamento está solo. Los padres de Lanza Volpe opinan que en la provincia está lleno de pajareras que salen fortunas. El departamento no es distinto a eso: es una pajarera. Ni Lanza Volpe ni ella pueden entender de qué se trataría algo distinto. Cuando se mudaron hace un año les pareció inmejorable, les gustó que tuviera una ventana mirando las montañas y muchas plantas. Un optimismo imparable los llevó a comparar el complejo con la vecindad del Chavo.
Lanza Volpe se lava la cara y se sienta en el sillón, mira la pila de libros muertos y el estómago se pone en guardia. Suena el teléfono. Es Fassioli - voy para allá - le dice.
Fassioli jugó al tenis de chico. Dejó, lentamente, como se dejan las cosas que necesitan volverse anónimas. Fassioli jugó al tenis pero nunca fue él el que ahí jugaba. Era otro. Era un adolescente papelito que empezó a cambiar su juego sesudo por las gracias de las chicas que desde entonces empezó a enamorar. Noviecitas celestes de los 18. Ahora toca el timbre del departamento de Lanza Volpe. Es alto, armónico en cada ápice y satisfecho como un busto griego.
– Recién vomité – dice Lanza Volpe después de servirle un vaso.
– ¿Qué comiste?
– Vi dos perros muertos y tuve que frenar el auto.
Alrededor de las ocho de la noche ella lo llama. Lanza Volpe dice que en 10 minutos está, la invita a ver una película y toda la tensión mortuaria se esfuma. Primero es la idea arrebatada del cine, después piensan que mejor ahorrarse la entrada. Las pantuflas les necrosan los pies. Comen la tarta del viernes, en la cama mirando “Magnolia”. Llueven un montón de sapos. A ninguno le cierra el final.
Fassioli está en el boliche. A diferencia de Oberdan Sallustro, él no escucha qué canción suena. No comenta la música: la elimina. Camina en diagonal y se encuentra con ella, la toma de la cintura y le dice al oído: “¿nos vamos?”
·3·
FASSIOLI
Fassioli tiene muchas muletillas. Son bienes populares, las muletillas. Son jirones que se pueden estampar en las remeras, que caminan solos, son ingenios emancipados. Los dijo otro pero los promueve uno. Fassioli cree que cuando no ve muchas mujeres en un boliche es imperioso decir “olor a huevo”. Es yugular. Es el caso a veces: el bien escaso es la mujer, la que eligió cualquier otro destino esa noche y deja al cardumen de hombres boqueando. Si no hay mujeres hay Las Preguntas. Y nada molesta más que Las Preguntas. No es el caso de esta noche: ella está donde se la espera. Pobre criatura.
– Esperá que saludo – dice ella.
Fassioli sube al auto, junta las manos y las sopla. Ella se mira en el espejito, comenta del frío, la pendencia de los nombres: no-sé-quién-que-vio-con-no-sé-cuánto. Él bosteza como un gran primate. Son las cinco de la mañana del sábado y hay que dejar de hablar. La voz de ella es arena soplando en los talones de Fassioli. Hay que coger y despedirse. Quizás despedirse sin más. Después de un mes de encuentros felices la Fanta se quedó sin gas, ella cree que su tenista es camino asfaltado, frazada y prepaga de cheto. Ella lee muy mal a los hombres. Fassioli la lleva con monosilábicos a su departamento, se desvisten con estilo hasta llegar a las medias donde el tráfico erótico siempre se estropea. Cada uno se saca las suyas. Se impone el impasse de la desnudez completa, el cero del sexo. Él la ve sin ropa, le recorre los pliegues caminando con los dedos. Ahí no hay nada, un balde. Tiene la sensación de leer un atlas médico. Podría trazar flechas indicando los nombres de cada parte. Teta, ombligo, culo enojado. Fassioli se obliga y coge para la nómina. Al rato ella empieza con los estertores bobos que condensan lo más genuino del placer de esa mujer, una colección de movimientos mal articulados que anuncian el espasmo colofón. Fassioli adora esto. Cree que ahí una mujer no miente. Ella gime como un fuelle y le grita agarrándole el culo.
Cuando Fassioli rompe con una mujer la acumula. Es un harén impráctico porque estas mujeres terminan por odiarlo y en el odio se vuelven inaccesibles. Esto no es un ruido que Fassioli escuche. Atraviesa el abdomen y las clava al telgopor guardando el decoro degradante de ponerles una etiqueta: la Mujer Vampiro, la Chica del Jogging Eterno, Risa-de-vieja. Cada mujer es una anécdota; pública cuando puede portarla como medalla, privada si el tornillo se roba y gira en falso. La destreza de Fassioli es el dibujo ante el auditorio de estas conquistas, sabe cómo recortar mujeres y elevarlas a la vitrina. Quedan reducidas al trofeo. Ahí las recorre en el relato, les pasa la franela y saca brillo, en este lustre se amplifica. Sus amigos siempre le piden que cuente los romances y Fassioli se debe a su público. Son clásicas las tipologías que construye. En toda esta arquitectura es un detalle que cada mujer quede fundamentalmente quieta.
Fassioli se acuesta de espaldas y mira como una hormiga camina por el piso en línea recta. La luz la debe haber alarmado. La sigue con la mano, con el dedo pendulante, la hormiga no conoce la amenaza en ciernes. Puede caminar un rato con su vida pancha mientras esté a la vista y la marcha sea predecible. Antes de llegar al zócalo y perderse, Fassioli la hunde contra el piso. Chau Damocles.
– ¿Por qué la mataste? – reclama ella.
– Las hormigas pican.
Ella se viste y siente el olor a pucho que la persigue desde el boliche: la ropa está poseída. La cama le había desviado la nariz pero la peste insiste. Se calza el tapado caro que compró después de un acceso de amor propio y de un salto lo abraza. Fassioli decide rodearla también pero no hay manera: es el frío mismo de la etiqueta. No siente nada honesto por esta chica. La acompaña a la puerta y mientras espera el taxi ella insiste en verse al otro día.
Esa noche él sueña con un gran repollo. Está obligado a pelarlo. A medida que saca las hojas un grupo de gente se acerca a mirar la tarea. Cuantas más hojas desprende más público obtiene y la avidez se centra en ver el corazón de todo ese desmiembre. Cuando finalmente arranca la última pieza se queda con las manos vacías. Mira alrededor y les dice – ¿qué esperaban? – La gente se dispersa y en el piso suena un teléfono. Fassioli despierta. Es Montani llamando. Ya es mediodía.
– Pará, te abro.
Montani parece inacabado, es corto y su cara es la de un sapo. Camina indeciso por el departamento de Fassioli. Cuando se saludan la asimetría se vuelve patente. Es Mario Benjamín Menéndez rendido ante Jeremy Moore.
– Usala tranquilo, yo no la necesito – le dice Fassioli mientras le entrega una cámara de fotos.
Merlín Montani no tiene novia. Nadie estaría privado de tener una, tener como se tiene un martillo. Se agarra a la novia por el mango y se clavan los clavos, se la presenta en la familia – mamá, novia. Novia, mamá – Se toma a la novia y se sale al mundo. Una novia ahí en el cumpleaños del amigo, simpática, todos la quieren, es una miel tan dulce. Una novia hablando con las otras novias, se llevan tan bien y esos primeros mordiscos son tan inocuos – A Merly le gusta las salidas más tranquis, ir al cine o ver una peli – La novia que es un martillo siempre solícito, abierta de piernas. Un martillo comprensivo que quizás con el tiempo se afloje un poco, se desprenda del mango y sorprenda al portador. Epa. Un resbalón no intencional donde sería una ridiculez animista suponerle alguna voluntad – sos un egoísta hijo de re mil puta, vos y toda tu familia – Montani cree que tener una novia es arriesgar su biografía a la fractura, el mango, después de todo, es solo el lugar por el que se la agarra.
Fassioli decide cocinar algo. Los sábados al mediodía después de una epopeya etílica son un desierto creativo. No hay trabajo posible. Abre la heladera y ve condimentos, una cerveza agónica y en el centro un repollo. Siente la amenaza oblonga. Mira la esfera con sus hojas y le dice "andá a cagar". La muletilla otra vez camina sola. Cierra la heladera y la provocación. Rotisería mata angustia.
·4·
MONTANI
Las baldosas de seis vainillas son por lejos el diseño más popular del país. Es tan claro, está tan ahí. Son las seis lonjas más honestas que se podrían pedir. Pero no puede haber reparo en algo tan indiscutible como una vereda. Las baldosas de seis vainillas tienen la astucia de esos órganos internos que atraviesan toda la vida sin doler ni una vez. Son glándulas silenciosas que sirven de trama para esas otras vísceras festivaleras, esas de las que se habla, que se irritan y animan todo tipo de tratados. Montani camina sobre la vereda tan inadvertido como una séptima vainilla: habría que frenar y darle filo a la mirada para descubrir que en la baldosa sobra una pieza. Y ese encuentro sería de lo más incómodo.
Montani toma la cámara, se sube a la silla que le da el mejor plano y aprieta. No hay propiedad en el disparo, es un chiste que el ruido sea el de una cámara mecánica, es la ironía del Japón. La foto es de un living vacío, del parquet y las sombras de mugre en la pared. Los rectángulos son el índice vivo de los fantasmas. Acá vivió Montani veinte de sus veintinueve años, se mudó un año antes de la muerte del padre. La casa está vacía y a la venta. Hace unos meses su madre compró un departamento más chico y él la siguió. Podría dejar de hacerlo pero las baldosas de seis vainillas son el diseño más popular del país.
El día que llegó a esta casa fue uno feliz. Su padre tenía la suficiencia de una epopeya cumplida. De esas que llevan toda una vida. Se paró con los brazos en jarra y contempló la novedad asintiendo con la cabeza. Montani miraba a un gigante. Él le sonrió desde las alturas y le sacudió el pelo.
– ¿Y pibito?, ¿te gusta?
El padre de Montani era un hombre ancho y corto, un elefante. Los mocasines eran siempre un derrame de carne sobre la suela, terminaban todos raspados a los costados. Él tenía dos tareas para su hijo, una era lustrarle los zapatos. Montani tomaba la crema, el cepillo con mango de madera y cubría los accidentes del padre con la mano adentro del empeine. Era una ceremonia donde ponía toda su industria: en el horizonte estaba la perfección del mocasín devuelto a virgen. En el vaivén del cepillo se anulaba la historia. El padre le pagaba cinco australes por esto. En el billete la cara de Urquiza lo miraba insatisfecho. Montani siempre sintió que había algo femenino en el gesto del General, una médula gay que juzgaba su tarea y a la vez lo pretendía. La inteligencia de la doble intención lo perseguía, y toda segunda intención es, en definitiva, una sexual. Montani sería un bobo durante mucho tiempo, guardaría los billetes de cinco enfrentándolos de a dos o los acomodaría para que miren el satín de su billetera. Esto es hasta el día en que el General salió de su marco. Justo José, justo sería José.
Veinte años atrás, en esa misma casa, Montani juega una carrera de autitos. Se extiende por toda la casa y la pista se hace sobre la marcha. Él es todos los autos pero nunca es todos los autos a la vez. Primero juega a la victoria aplastante y el mismo auto sostiene sin flaquezas la pole position. Esta escena es frágil y lo aburre, no tiene ningún conflicto, él empieza y termina en el mismo lugar: el primero. Vuelve a armar la secuencia y esta vez empieza último, víctima de una injusticia cualquiera: los villanos metieron soda en el tanque, lo chocaron sin deporte, lo desmoronaron. Montani tiene que remontar a sus competidores y los va pasando de a uno. Él es su auto favorito del momento: un prototipo solo posible en la miniatura que parece una feta de jamón al viento. Es el auto con el que su maestra de inglés lo premió por ser el mejor promedio del año y que Montani cuida de cualquier rayón. Para este fin, cada tanto, practica una extravagancia: al auto le hecha perfume. La película que se arma repite el argumento de Rocky II. La víctima triunfa, sobre la hora, en clave dramática y humilla al villano. Desde el fondo del paladar imita el sonido de una ovación. Veinte años después de esta epopeya, Montani registra las ruinas con la cámara que Fassioli no usa.
Está su vieja habitación y la ventana con el pegote de los stickers, alguna vez calcomanías. Hay uno espantoso de la promoción de la primaria con un bicho parecido al Quini 6, el de la empresa del viaje de egresados, una de un sol cancerígeno que dice “Villa Carlos Paz” en letras casuales pero medidas en cada vértice. Era la época donde había que llenarse de marcas, por todos lados, los vidrios, las carpetas, las remeras. Las marcas había que buscarlas afuera de la familia. Montani usaba una cantidad enorme de cintas como pulsera, de lo que sea, las acumulaba en el brazo. Se llenaba de nombres. Hoy estira el dedo y empieza a despegar el engrudo de la ventana, raspa con la uña. No se puede, es inútil, mira el cuadro y decide que no importa, que saca la foto así, con el registro de las firmas vencidas.
Es la casa de todo el tiempo perdido, todas las horas tiradas al tacho. No había qué hacer en esos veranos eternos. Solo probar gracias imprácticas. Ruidos con la boca, los dedos apilándose para parecer empanadas. Montani podía hacer un Mazinger de cuatro piernas con elastiquines. ¿A dónde iba todo eso? No había nada que esperar. Los relojes eran una joya para portar y no esa célula chiflada que se multiplica y mata desde la muñeca. Montani tenía su bici y su baldío para visitar, alguna destreza para andar sin manos. El mejor tiempo de Montani fue el que se podía perder sin que la pérdida significara algo, y había una intención solapada de no soltar esa gloria: la estafa de la infancia. Para eso hay que lustrar los zapatos, cuidar de no rayar el auto.
Claro que había un padre muerto, como una nutria. Ahí la madre chillando como nunca la había escuchado, él corriendo a ver qué pasaba para encontrar el cuerpo boca abajo en el living, en la pista de carreras. Correr la mirada y posarla en el reloj, ese que era un regalo corporativo, una amabilidad de la empresa que entregaba estos tesoros a sus empleados, a fin de año. La buena gente de la empresa. Había que mirar el reloj y cerrar las orejas, dejar de oler, si esa nutria muerta no entraba por los poros no había qué perder. Había que fundir a negro.
Montani se pone a ver las fotos que sacó. No le gustan. Las pasa rápido en la cámara. Duda de si tendría que volver a tomarlas, pensar en otro ángulo. Deja el botón apretado y las fotos ganan velocidad, una tapa a la otra, no paran. Hay un placer oscuro en hacer esto, un trance. El living, el baño, la habitación, nada define y en el vértigo todo lo que hay son colores huecos.
El Domingo ya es irreversible pasadas las seis. A esa altura es gelatina de postre. En los últimos meses Fassioli empezó a promover reunirse para soportar esa muerte. No siempre es un éxito, pero hay una voluntad compartida de que el fin de semana se sepulte dignamente, y lo digno implica socios. El congreso se celebra en la pajarera de Lanza-Volpe. Su novia escapa a lo de sus padres. Cuando ella vuelve, el ágape se termina y con esto también el Domingo. Oberdan Sallustro suele ocuparse de la música. La novedad siempre es antigua, la lógica de la sorpresa es que eso que hace escuchar sea algo ya escrito. Suele hablar de qué banda inventó a qué otra que hoy suena como inédita. Montani devuelve la cámara, agradece y sirve cerveza para los cuatro. Por la ventana el sol no molesta a nadie, se licúa y se apaga. Suena Stormy Weather en la versión de Billie Holiday. La voz es un almíbar roto, todos escuchan en silencio y entienden que ahí se esconde un destino tácito.
·5·
LA CAMPERA
Oberdan Sallustro abre el placard, se asoma a la ropa colgada y toma la campera de gamuza marrón. Mientras se la prueba querría ser Eddie Vedder en el video de Jeremy. En el silencio de la habitación, le molesta que su campera, Eddie Vedder y él mismo sean tan retro que pidan a gritos un museo. Toma las llaves del auto y sale a la calle. Es el primer sábado de Julio, son las siete de la mañana y el invierno se siente primero en el intestino. Oberdan Sallustro no durmió en toda la noche.
Maneja hasta una estación de servicio donde compra cigarrillos y un encendedor. Pregunta por el café. La chica que lo atiende es inconmovible. Él cree que ella piensa que su campera es de otro tiempo. Ella no piensa nada de nada –la máquina está rota – dice. Vuelve al auto y tira el paquete en el asiento del acompañante. La panza le quema. Sabe que la ciudad duerme dos veces: a la siesta y a la noche. Decide probar suerte en el centro.
Oberdan Sallustro busca un café. Hay un camión cisterna limpiando con agua la vereda. A esa hora, los dueños de la calle son los municipales. Escucha que se gritan desde lejos. La calidez tiene a veces los modales del insulto y, tan temprano, sin público sentencioso, insultar a viva voz es una afirmación de un poder tierno – ¡Dale culiado, apurate!
La conoció en un cumpleaños, a la hora de las empanadas frías. Oberdan Sallustro contaba como una epopeya haber comprado un termo. Habló de los vendedores de bazar como gente de edad frenada en su primer trabajo. Un señor de cincuenta años le indicó los modelos disponibles, exhibidos por precio. Lo trató de usted. Le dio datos técnicos sobre algo que no los necesitaba – ¿cuánta ciencia tiene un termo? – se asombraba. El vendedor elevaba la chuchería a material quirúrgico. Oberdan Sallustro habló de la música del lugar, el lounge, como género perdido, llena de colchones de teclado. Habló de los esposos zombis acompañando a mujeres fascinadas por budineras, de la vitrina giratoria que exhibía mates.
Ella le dijo que le pasaba lo mismo con los mozos adultos, en las pizzerías. Fue lo primero que hablaron. Se vio cómo la ostra se cerró sobre sí misma y los dejó adentro. El grupo de gente que había alrededor se fue eyectando. Fue pedir el teléfono en la madrugada, verse el domingo, il mondo en una giostra di color. Él le cocino en la semana, ella le compró un mate de vitrina, fueron a las pizzerías a hacer trabajo de campo, antropológico. La ciudad era un chiste. La sensibilidad por lo fuera-de-tiempo fundó la mayoría de sus salidas, para ellos era un invento único. El idioma mutuo, las primeras palabras propias aparecieron como un bulto en una teta. Al poco tiempo era claro que eran ellos dos y después el resto. Sus amigos respectivos se raquitizaron, perdieron brillo y se secaron. Les hicieron planteos serios pero no había nada que escuchar ahí, ya no interesaba perderlos. Al poco tiempo se declararon novios.
Ella estudiaba diseño y se vestía como un afiche de la Bauhaus. Oberdan Sallustro creía que ella sabía exactamente qué hacer con su cuerpo y, entonces, misterio mediante, sabría que hacer con el de él. Viajaron ese verano a la playa, pasaron cinco días en otra ciudad que disecaron juntos. Se quedaban hasta tarde tomando del mate que ella había comprado, comiendo galletas Surtido y acariciando la panza de los perros playeros. Conocieron a sus familias al volver, y les anunciaron que se mudaban.
Dos años después, entonces, Oberdan Sallustro camina por el centro buscando un café. Todavía es de noche. El frío y el agujero en el estómago le dan vida. Una hora antes, dando vueltas en la cama, se sentía un cadáver, uno imposible porque era un cadáver rumiante. Mientras duerme, ella no sabe que él saltó de la cama y se calzó la campera de gamuza marrón.
Cuando se mudaron, ella hizo enmarcar dos láminas. El Beso de Klimt y Los Amantes de Magritte. El día que los colgaron, mirando la pared del living, se propusieron llenarla de cuadros – el muro del amor – dijo ella. A los días, él recortó El Beso de Chagall de la revista del diario del domingo. Ella lo aprobó pero no hizo mucho más. Al principio se reprocharían la desidia sobre la pared, pero El beso y Los amantes sería todo lo que colgarían. Oberdan Sallustro diría con el tiempo – el muro de la paja.
Él compró, porque ella le sugirió, un sillón enorme para el departamento. Aunque el espacio era poco – cuando nos mudemos de acá, seguro vamos a tener un lugar más grande – dijo ella. Oberdan Sallustro no pensaba que el boceto de la próxima casa, justo ahí, cuando estaban mudándose era, allá y entonces, voraz. Al contrario, la voracidad de ella, para él, era un signo de amor.
Esa madrugada, durmiendo a su lado, el vapor saliendo de la nariz ya anticipaba los reclamos por venir. La lista empezaba por el trabajo: Oberdan Sallustro era vendedor en una disquería barra librería. Llevaba seis años ahí. Desde hace unos meses, ella había girado una perilla de romántico a inconducente para referirse a su trabajo. Vender discos era una antigualla, y su melomanía le parecía infantil – ¿A dónde vas con eso? – le dijo ella.
Ocho menos diez, se sienta en un banco y espera con las manos atajando la cabeza. Es la cabeza la que pesa. Aparecen los primeros rayos y Oberdan Sallustro busca el calor del sol con la cara. Ve cómo una chica limpia la vereda del café de la esquina. Pide permiso y la promoción de café con leche. Al rato, Oberdan Sallustro muerde una medialuna y siente que desayunar solo es una traición sin retorno. La ceremonia de los sábados indica que el desayuno es de a dos, es leerse el diario, planear el fin de semana y guardar silencio. Llaman a eso complicidad. Siente que el café le cura el estómago mientras los ojos se le revientan en sangre.
Es difícil para Oberdan Sallustro saber qué salió mal – muy posiblemente – le dirá a Lanza Volpe – todo esté en el principio, cuando la conocí en el cumpleaños, en algún detalle – le gusta pensar así, en el detalle que lo condensa todo – como la bolita del Big Bang – dice.
Se sube al auto y maneja lejos del centro. Fuera de la ciudad empieza el cerro y el día. Hay una promesa en la ruta que es la de llegar a otra parte. Busca en la guantera y encuentra su compilado de música para viajar, pone Stuck in the middle with you.
Al poco de andar Oberdan Sallustro se da cuenta que está en El Challao®. El Challao® no es una localidad, es una metáfora. Es una ruta que empieza, gira sobre sí y termina en el mismo lugar. Hay que pensar en las calles que se devuelven en la Ciudad de los Niños, en los rulos y las circunvalaciones. El Challao® es la prueba de que Mendoza es The Truman Show. Al llegar al mirador Oberdan Sallustro contempla la ciudad y le parece minúscula. Así de chica, la gente que duerme es microscópica, como un virus.
Busca los cigarrillos y se sienta sobre el capot. Él no fuma porque siempre invirtió el valor que fumar tiene: si se empieza para ser lo que todavía no se es, para enseñoriarse, entonces el cigarrillo revela el déficit y el intento de sutura – el pucho es la droga de entrada al snobismo – dice. Así las cosas, Oberdan Sallustro enciende un cigarrillo, aspira mal y tose.
Podría haberla ahogado con la almohada. La Mujer Deluxe que le indicaba con acierto ser otro distinto de él. Podría haberla apagado esa madrugada y escuchar lo que tiene él para decirse. Él que cree saber tanto sobre cómo estar de a dos, que llama a ese saber integridad. Pero él no sabe. Ni es íntegro. Si ella callase lo que se escucharía es lo que siempre estuvo sonando: su propia música. Estaba en el principio, en su relato unilateral de los vendedores de bazar, frenados en su primer trabajo. Oberdan Sallustro es un hombre frenado en su primer trabajo. Y su primer trabajo fue volver para atrás. Su primer trabajo es volver para atrás. Circunvalarse. El método para volver atrás es no soltar nada porque lo que no se pierde se conserva. Y él lo conserva intacto. Sus desayunos rituales, su mujer en una caja. Está en su odio enamorado por los museos, en su campera de gamuza marrón. Es la meticulosidad con que compila su música, y se fascina con las ediciones viejas de las revistas del futuro. El auto volador y el australopitecus. Es su trabajo -¿a dónde vas con eso? – hacia atrás, al principio, a la bolita del Big Bang. Atrás, bien atrás, a lo primero. A la largada. A la pila de cosas, acumulada, inclasificable. Pero la máquina está rota.
Ella nunca alcanzó a saber quién tenía enfrente porque ella se enamoró y enamorarse es cancelar la búsqueda. Es frenar los perros, la cuadrilla y el dragado del río para declarar que se encontró al amor. Que está a salvo. Ella lo encontró a él y la ostra se cerró dos años, hasta que finalmente lo conoció y, claro, él estaba muerto. Ella nunca tuvo principios porque no los necesitó, los principios fueron los de su hombre, eso a lo que se suscribió para obtener amor. Lo único que importa tener. Por eso lo duplicó en sus obsesiones, se aprendió los nombres de las bandas, buscó los mozos de las pizzerías, compró un mate. Su amor, como muchos, fue animista: le dio vida a aquel que no era, vistió al muerto, y él le convidó la consistencia de sus fiambres, que van siempre para atrás. El amor quiere encontrar. Lo que sea. Encuentra porque odia la búsqueda. No encontrar puede ser una pesadilla. Y ahí estaba él, hablando de un termo. Qué importa.
Oberdan Sallustro escucha el ruido de los pasos sobre las piedras. Dos chicos de menos de quince se acercan. Aparecidos de la nada, uno le pregunta si no le convida un cigarro. Oberdan Sallustro siente como el miedo se le inyecta en la médula. Toma el paquete y se lo alcanza – llevatelo, yo no fumo – los chicos se miran y sonríen mientras el primero saca un revólver – ahora dame la campera y la guita – La entrega es mecánica, la billetera primero, después abre los brazos, se sostiene la solapa, y se separa del abrigo – Tomá – Los chicos corren y se los ve perderse en el cerro.
Oberdan Sallustro sube al auto busca la llave y lo enciende. Respira en blanco, agitado, las manos en el volante. De a poco trata de entender qué pasó y siente frío. Ya no tiene su campera. En la mano todavía tiene el cigarrillo. No lo soltó. Da una pitada y tose otra vez. Podría haberla ahogado, esa madrugada con la almohada, pero el que se ahogaba era él.
