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LOS PERROS

Fábula donde se recorre el padrón de todos los perros, empujado por un animismo patológico. Intento de dar con el alma que los reúne. Exhaustividad remolona que se detiene sólo en lo mejor, lo tierno y lo absurdo. Final cerrado con Kleenex.

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Los conozco, a los perros. Sé dónde les gusta que los toquen. En el cuello, detrás de la cabeza. Por un rato. Después se embolan, y se van a otra parte. Algunos se meten en los charcos con agua, apoyan la panza y sacan la lengua. En verano, dan ganas de afeitarles el pullover. Con el calor, y las moscas. En invierno, las viejas les ponen chalecos. Son perros con chaleco. Los llaman con nombres imposibles. Carucha, Luna, Pelusa. Todos los nombres les quedan cortos. Hay que bautizarlos cada vez. Los llaman para que vengan. Casi siempre vienen. Con la cola y las uñas largas, hacen ruido en los pisos de madera, cuando se levantan. Caminan con barro a cualquier parte, por la calle, arrastrados por su propio hocico. Hacen un ruido al respirar, ruido de perro. Si alguien deja una torta en la mesa, se suben y se la comen. La dejan peinada para un costado. Hasta que alguien los reta. Si nadie cuida la parrilla, se roban las costillas y se las comen debajo de las escaleras. Hasta que alguien los reta de nuevo.

 

Nada mejor que una pandilla de perros, por la avenida, en la madrugada, armando quilombo. Son varios, de distinto tamaño, frenéticos, queriendo cogerse a una perra chiquita. Si miran bien, atrás de todos, hay uno que no se anima. Casi siempre es blanco. Con marrón. Tiene la cola y las orejas paradas. Está muy atento esperando su turno. Corre rápido, alrededor del resto, pero nunca la pone. Nunca la pone porque duda.

 

El diseño de los perros no tiene tiempo, un perro siempre es un isotipo ganador. Hay perros flacos, en los campings, que se acercan a pedir comida. Todos se llaman Luis. Saben cómo morder los bordes de un sanguche sin morder la mano. Podrían operar un ojo. Con un láser. Algunos no quieren comida. Huelen la mitad de la galleta y la dejan. Se acercan y apoyan la cabeza en la pierna. Y empujan. Esos perros quieren amor. Perros celestes. Dan ganas de preguntarles cómo lo hacen tan fácil. Si los dejara me seguirían a todos lados. Moviendo la cola, al lado mío, yendo a oler lo que me interesa que huelan. Ahí, mirá, chule. Pero no los dejo. Donde los encuentro, les digo chau. Cuidate, Bobby.

Cuando un perro se mete al agua, quiere morderla. Respira más rápido y más fuerte. Todos, cuando aprendimos a nadar, nadamos como un perro. Es un estilo. Tragamos agua con cloro. Después flotamos. Pero los perros no flotan. Patalean todo el tiempo para no hundirse. Un perro que viene nadando hacia uno, no puede parar y es un desastre. Rasguña todo. Es un monstruo marino.

 

Un perro mete la cabeza en una reja para ver qué pasa, ahí afuera, en la vereda o en el patio. Escucha ruidos. Después no la puede sacar. Se desespera y ladra. No todos los perros pueden caminar para atrás. Esa es una declaración de principios: salir para adelante ladrando. No es necio, es romántico. Hay que acercarse, tomarle la cabeza y resignarlo. A los días, por suerte, vuelve a insistir con lo mismo. Y hay que sacarlo de nuevo cada vez.

 

Hay perros que se meten en la cancha. En el medio de un partido. Los padres, en las tribunas, les dicen a los hijos que miren, que se metió un perro. El árbitro para el partido y viene la policía. Corren en zigzag, sobre el césped. Son perros confundidos. Por un rato, el futbol no es tan serio. Al final los sacan. Al costado, en la esquina del córner, están los perros de la policía, ladrando. Tienen las venas llenas de cocaína. Ven amenaza en todos lados. A esos perros ya no se los puede acariciar más. Detrás de la cabeza. No muestran la panza con las patas vencidas.

 

Los perros no entran en las carnicerías. Ni en las pollerías. No los dejan. Ellos esperan afuera su momento. Cuando no los ven, se chorean la presa y corren. Se los puede ver al rato, por los barrios, caminando con un pollo en la boca, por el medio de la calle. A paso vivo. En las esquinas, ya lejos, se lo mandan. Ese pollo es la gloria. Nada los distrae, ni el ruido de los ciclomotores a la siesta. Las ruedas son una lucha milenaria de los perros. El día que la inventó el hombre, se perdió algo. Con la rueda se inauguraron los viajes y el divorcio entre el hombre y el perro. En el fondo, un perro es un nervio nostálgico. Cuando les ladran, están bajando línea.

 

Con el tiempo se hacen viejos, el pelo se les seca. Cuando se enferman comen pasto. Eso es todo el ingenio que tienen. Se quedan quietos, enrollados con el hocico en la panza. Cuando uno los llama, mueven la cola un rato, desde el piso. A veces las patas. Pero no vienen. Ahí quedan. Hasta que alguien les dice que ya está, que no hace falta más y lo ponen a dormir. Eso es un eufemismo. Algunos, cuando les dan la inyección, tiran un  mordisco. Al final, les gana el sueño.

© 2020. Diego Vilariño. Todos los derechos reservados.
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