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MADRE TIERRA

Postal pandémica del provechito civil, de su buena intención e ingenuidad. Homenaje a todas las empresas pobrecitas, las partidas de alma que causan tanto compasión como deseo de fulminación absoluta. También fábula sobre el revanchismo de las madres terribles, quid de cualquier movimiento ecológico.

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Desde algún área de gobierno decidieron que este domingo sería un gran día. Después de meses acuartelados llegaría el alivio, justo en el espacio verde frente a mi departamento. Un municipal, alma encantada, mirando los noticieros del mundo sugirió pintar grandes círculos de cal en el parque, separarlos cada tantos metros. Imaginó familias peregrinando, niños reencontrando a sus amigos suspendidos: los del parque, siempre nuevos, que si se aman salvan de quedar aplastados por la propia familia. Amigos más efectivos que la Ritalina. Anticipó que las reposeras de caño con osteoporosis saldrían al sol después de meses confinadas. Serían todas liberadas por fin de la angurria de las arañas. De la angurria y la tristeza no sólo de ser frágiles sino de haber permanecido olvidadas.

 

Alguna juventud de gobierno imaginó un gran día, un domingo redentorio. Animado por las modernidades de la gestión, diseñó un gazebo centro de la misión. Un banco con mantel y panfletos de prevención, gráfica flat pidiendo lavarse las manos. Capacitó centinelas buena onda para pedir el uso del barbijo pero con la ternura de un bollo de pan casero. Convocó a sus compañeros de planta, pensaron llevar un payaso piola, dramaturgo con changa, bajando línea contra la policía. O la dictadura. Pero inofensivo, por elevación. Nada incómodo. El domingo, la fuerza de trabajo fue entonces un grupo de quince personas, entusiastas todas, ilusionadas con que las pequeñas ideas cambian realidades macro. Se vistieron con leyendas en las remeras: “volver a verte”, “te extrañe” y “por fin juntos”. 

 

Mi departamento mira al parque, es un panóptico. Pude ver cómo adornaron el lugar. Los escolté desde lejos mientras caminaban apurados dejando todo listo. Los círculos blancos caligráficos, las vías de ingreso con desinfección, la circulación planeada, la salida organizada. El sol de octubre alineado desde temprano colaborando para un encuadre inmejorable. 

 

Al llegar la hora del almuerzo se arrimaron algunos curiosos a preguntar pero siguieron camino. El almuerzo no es el mejor horario, no es la preferencia de las familias para visitar el parque. No importa, ya van a venir. Luego la siesta es tan tentadora para la postergación de todo lo que toca. Es eso, seguro a la tarde... fuerza. Cada cual ha agonizado un cumpleaños desolado que sólo se colmó cuando, fuera de horario, como el núcleo de una hinchada merquera, llegaron los invitados.

 

A las cinco de la tarde una familia se acercó, él y su madre con dos nenas. Sus hijas supongo. Dos reposeras y una manta. Ellas corrieron de un círculo a otro. Una canasta y heladerita. Madre e hijo se sentaron de espaldas al sol, en las reposeras de tela. Ahora sí. Unos minutos más tarde dos chicas amigas, vecinas, ocuparon otro de los círculos. Dejaron uno entre ellas y la familia. Por supuesto, prudencia. 

 

Todo el cuerpo de gestores, animadores y voluntarios, imaginaron que sí, por fin, hoy sería un gran domingo. Dos de ellos, los más animados, se acercaron a entregar panfletos. El texto era redundante pero diseñado por algún experto matriculado. Llamaba a ser leído al menos una vez, ser guardado unos días en la cartera, para luego continuar trayecto hasta la basura. Nadie quería volver a pensar en el virus, ser recordado otra vez. Pero era domingo, en este espacio con círculos blancos, vallado de buenas intenciones, ¿cómo no poner a trabajar la cortesía renovada y agradecer la campaña? Concientizar acciones de concientización consciente para crear conciencia. Un plan imbatible.

 

Desde mi piso veo el parque, pero más arriba, el horizonte. Fue tan rápido. La vi aparecer desde el desierto: una inmensa nube de polvo. De ese marrón loxosceles, avanzando como lo haría un tsunami. Pero un tsunami tal como lo soñamos. Distinto de aquel ya horroroso que se puede ver por youtube. Hablo del increíble y sobredimensionado que se vive en las pesadillas. Cien metros de altura, partiendo el azul perfecto. Una barra de progreso imparable, acercándose en silencio. A los pocos minutos llegó al parque, primero algunas bolsas del Vea volando a lo American Beauty, pero frenéticas, tocando la acequia y rebotando despavoridas. Después el baño de tierra, y el ruido de las chapas. Las palomas perdiendo gracia, descoordinadas. Los gestores como palomas, viendo cómo su domingo se estrellaba sin remedio. Una ilusión, ella toda buena, atorada. Tal la plancha de policarbonato que quedó atrapada entre dos árboles, batiendo alas. 

 

Él llamó gritando a las nenas, tomó la heladera y las llevó al auto. Las chicas vecinas canchereraron las primeras ráfagas, pero después se fueron corriendo con trote de gallina, los ojos achinados, preocupadas por los cables pelados. Los gestores hicieron algún movimiento para contener la garita, sin estacas, de tela manteca. La plegaron y los perdí cuadra abajo. Sólo quedó la señora en su reposera, como una última avanzada, haciendo frente a lo que jamás iba a frenar su carga. Todo se llenó del mismo color y el ruido del viento golpeó los vidrios. El marrón clarito, en la gama de la polvareda, es el verdadero color de la esperanza. 

© 2020. Diego Vilariño. Todos los derechos reservados.
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