Lo difícil del sexo es que está ahí, perpetuo, empujando desde su trono. Inervado en la miel de todos los haces. Empuja a la calle, a las ronchas de piel que varicelan el gris. Empuja a los cuerpos puestos delante. El sexo es difícil porque es así de fácil, está así de cerca. Tiene el destino de todo lo que acecha sin respiro: nuestro pánico, la huída o el aburrimiento de su doméstica.
El sexo es un magma que no sabe esperar, se esparce buscando cauce en los mil pruritos que le ponemos, ¿no es increíble que el sexo tenga que pasar por tantas aduanas para finalmente migrar? Y cuando despega, ¿a dónde volamos? Ahí donde cogemos, ¿qué estamos haciendo? ¿Qué es esta rueda con un palo que hacemos girar? El sexo como una piedra caliente que hay que esculturar, prohibir para transgredir, decir que acá, de esta manera, por este borde. Con este crochet de dirty talk sí. Es Urbanismo y ordenamiento territorial. Un poco más, un rato menos, justo ahí. Y entonces, la onomatopeya que elijan, una proto-palabra que es voz gutural: ah. El sexo es un territorio que para soportarse debe antes dibujarse en un mapa.
El sexo está ahí dentro, en el cuerpo de cada cual, haciendo cosquillas. Y las cosquillas son una abreviatura del horror que provoca imaginar que su asedio nunca termine. Lo difícil del sexo es que es una cosquilla inagotable. Sólo los intrépidos, los valientes que no ríen, se animan a dejarse cosquillear. El resto pedimos piedad, por favor, pará. El sexo es difícil porque insiste sin tregua toda la vida, desde el chupete al viejo lascivo - Le decía “ok suficiente”, lo miraba y le decía, no, de nuevo no - No de nuevo, decía.
El sexo está ahí, en las filias erectas, los pezones. En el charco que dejan las hormonas. En su fragancia. El sexo está en la nariz perfumista de un dios vanidoso, atolondrado, preocupado por replicarse hasta el infinito. En hacer copia de sí ¿Quieren una teoría conspiranoica? El sexo es el verdadero implante. El que gobierna bajo las pieles, el vestuario, las palabras. El sexo fue inserto en cada cual por la orquesta de las generaciones, obedecido por el fuego en la cama de los padres. O en la cocina, en la fría piedra frunciendo la cola, limpiando con Sussex el enchastre. En la terraza, en una pileta suspendida, agarrados de las patas y los parantes, mezclando agua, transpiración y peronismo. Inyectada, quizás, por el ardor de tal o cual probeta, cristal depósito onanista. Lo difícil del sexo es su inmanencia. Lo difícil del sexo es que sexo y cuerpo no tienen distinción que no sea un artificio de palabra. Y los artificios fallan. Donde falla la palabra, el sexo nos desborda y donde el artificio acierta, se repite hasta desbordarnos. Finalmente, el sexo y las palabras tienen el mismo destino. El sexo es difícil porque necesita ser drenado en palabras para no enloquecernos. Pero acá el final inesperado, la paradoja: son las mismas palabras las que nos vuelven locos.
Un artificio del sexo es todo lo que lo vuelve posible. Y en el mismo acto lo embuda: una perversión, un fetiche, una trama que sirve de pava hirviendo, ¿Por qué deberíamos calentar lo que ya borbotea dentro? ¿Qué hielo sospechoso nos enfría? El disfraz de una secretaria que subvierte el yugo y azota, o el vigor de un sodero machacante, sin dobleces. El cambio de roles, coger jugando a ser el primo. Penes de silicona con el molde exacto de Luciano Castro, expansores, fustas, choclos de cotillón contrabandeados como souvenir de casamiento escondidos en un segundo fondo de cajón. Choclos que son sonajeros. Ahora bien, el origen de todos estos artificios, de todas las perversiones es el sexo real, aquel que insiste antes de las palabras, sin trama. Y ahí donde una trama tiene éxito y sucede que se coge, se adhiere como una rémora y quiere repetirse. Insiste con la misma voluntad hasta volverse insoportable. Hasta aburrir a nuestras esposas. Hasta esposarnos. Otra vez quiere cogerme igual, igual que siempre. Como las cosquillas eternas, como una madre feroz, como lo eterno antes y después de una vida.
Tengo una solución: fracasen. Tengan voluntad de fracaso. Que todo fetiche caiga, constrúyanlo mal, como una ciudad de Playmobils que hay que desarmar al final del día. Hagan caer todas las perversiones, hagan estallar la sexología probando, chivando y desestimando todo su catálogo. Que el cuerpo nunca pueda descansar en las mismas posiciones, en las mismas palabras. Que tenga que inventar nuevas. Unas que nos dejen, en el medio de la noche, desvelados y calientes.



