No me gusta ese futbol. Lo que sea que ese quiera decir. El futbol bobo de los programas de futbol. De la tele. Nadie más delirante que un periodista de traje hablando de futbol, inyectándole ciencia necrológica. A las mujeres, nunca se refrieguen con estos tipos, las van a macerar hasta el bondage obsesivo: todos los días van a ser Domingo a la tarde. El futbol falla, esa es su gracia, entiéndanlo. Hagan el ejercicio, prendan la tele, escuchen el chiste. Hablar de futbol es patafísica, todas las veces.
No me gusta ese futbol de viejo escabeche, yendo a la cancha a insultar las desviaciones de algo que tendría que entrar en papel milimetrado. Ese futbol de plateísta, docto, xenófobo, es una tostada carbonizada: mata como el mercurio. Ese futbol no, no lo vean, en su horizonte están los androides.
Yo solo veo partidos de San Lorenzo. El resto del futbol no me interesa. Cuando veo a la selección me siento una novia arribista que reverbera con la pasión de su amante. Reverbera, pero no padece. No sé quién es Dybala. Los jugadores de otros equipos son gelatina sin sabor. Una selección es una reunión de los mejores, y los mejores, cuando se juntan, aburren. Lo mejor es siempre aburrido. No me gustan las súper-bandas, no me gustan los súper nada. Y San Lorenzo se pelea con los supermercados. Eso es muy chiflado. Ese es su clásico. Se pelea con algo que está por fuera de ese futbol, su enemigo está fuera de categoría. Y los enemigos siempre están fuera de categoría. Ahí hay que buscarlos. Un enemigo no es un rival porque un rival está en la misma arena. Un rival es la primera versión de un hermano.
Yo nací y al mes San Lorenzo descendió de categoría, de A a B. Como el futbol es una deficiencia masculina todo en él tiende hacia el número y la medida. Por eso las categorías pesan como glaciares. Descender es flacidez de órgano. En Noviembre de 1982 ya tenía un año y cuatro meses y San Lorenzo ascendió. Se fue y volvió. Mi papá había comprado un Toyota Célica rojo. Tener ese auto era un lujo extraterrestre. Le cruzaron una sábana azul, me subieron y salimos a festejar el ascenso. Yo era un pernil en la luneta. En Mendoza ser de San Lorenzo es tener un Toyota Célica en 1982. Mendoza es Boca o River, es peronismo o gorilismo. Es maniqueísmo. En la caravana, un crápula preguntó si había ganado Andes Talleres. Yo era un bebé y nunca elegí ser de San Lorenzo, ahí está toda la gracia. San Lorenzo fue de entrada un padecimiento. Como es el futbol que sí me gusta: una falla que se imprime, sale mal, chueca y se padece. El futbol no tiene que ser correcto, correcto es el nudo de una corbata.
San Lorenzo tiene un origen miserable, como son todos los orígenes. El de uno, en la cama transpirada de los padres no tiene ningún glamour. No hay origen noble, la nobleza es una cataforesis posterior. San Lorenzo es la ocurrencia desmedida de niños alfeñiques jugando a la pelota, que tuvieron un fallido genial. Ser niño es todo menos un atleta. Ellos se querían llamar como lo que no eran, los “forzudos”, pero les salió “forzosos”. Es genial: Los Forzosos de Almagro. "San Lorenzo" ya es una palabra tercera, una capa geológica moderna. La verdad se caza por el error: lo forzoso es lo obligado, lo que cuesta, lo que no se elige. Debajo de San Lorenzo está lo forzoso, hay que volver a esa denuncia. El drama humano es lo forzoso, no se elige sino sobre lo indeleble de lo que marca primero. Y eso forzoso, esa marca, es siempre una poca cosa: niños jugando en una esquina de Boedo, los colores de una virgen adultera, un pedazo de tierra.
Con el tiempo San Lorenzo se pobló de psicópatas, como casi todo. Un psicópata es alguien que se puede vender porque las marcas no lo obligan. El capitalismo es empuje psicopático porque borra la falla, la culpa y los héroes. Borra exigiéndole utilidad a las cosas, es la ciencia de lo útil. Los psicópatas hacen negocios con otros psicópatas y en 1985 abren un Carrefour donde era la cancha de San Lorenzo. Yo creo que eso fue descender de verdad: volver las marcas livianas hasta evaporarlas, decidir que porque esas marcas son arbitrarias entonces no cuentan. Son inútiles. Y yo cada vez creo menos en lo útil. La cancha es un pedazo sinsentido de tierra, es nada. Pero eso se podría decir de todas las cosas, de todo lo que existe. De uno mismo inclusive. Del esperma díscolo. San Lorenzo podría haber sido en cualquier otro lado, nada de la cancha es necesario. Lo necesario es útil y lo útil no falla. Y esa es la inercia de ese futbol: lo útil que no falla.
El 15 de Noviembre de 2012 a la noche, fui a jugar a la pelota. Me puse la camiseta de San Lorenzo que siempre es una declaración de principios. Soy un diez pintita, de poca entrega. Tuve más fe que juego. Después de una hora de partido no había metido ningún gol, medio mamarracho, y el empate había que definirlo con el-que-mete-gol-gana. Siempre me gustó Rocky II, así que la clavé, al revés de la neurosis. Justo a las 10, y sin ninguna relación con la agonía de mi gol, en la legislatura porteña un grupo de psicóticos presionaba para que 50 psicópatas promulgaran una ley que le devuelve a San Lorenzo el predio donde estaba su cancha. Ahí donde ahora hay un Carrefour que lo vende todo. Todavía no lo puedo creer. El gol que clavé, digo.



